Hay tumbas que están cayendo al mar

El autor hondureño nos comparte cuatro de sus poemas en los que el pesimismo esconde un hilo de esperanzas.

Foto por camaleoni. (Ver galería completa).

Pleamar

 

Hay tumbas que están cayendo al mar.
Hoy precisamente
hoy que recuerdo a mis muertos,
a mis muertos que imagino juntos
dentro de un autobús que se va de excursión
al mar
con la comida preparada
y la ansiedad de las olas.
 
Las islas Marshall serán engullidas por el Pacífico
y sus habitantes
tendrán que buscarse otras tierras,
emigrar en sus canoas
de la misma forma en que un día
tomé mis cosas y me largué de la infancia.
 
Un autobús me ha traído y llevado
siempre al mismo naufragio
a la misma orilla que recorro adentro
con muertos
que las olas
me devuelven.

 

Del cómo un ejercicio de respiración nos lleva a Spinoza

 

«Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su  sabiduría no es una meditación de la muerte sino de la vida» (B.S.)

 

Y no vendrás a decirme
que la vida termina
con un tordo que llega y se estrella
en la claridad de los muros,
que el tiempo es imán perfecto
para destinos inefables
y que el latido de dos amantes
nunca nos traerá el eco
de lo que alguna vez fue verdad
o simplemente el atisbo medroso
de flores eternas.
          
Nunca me será necesaria La Enciclopedia
para aceptar la simpleza
de un pájaro derribado por mis piedras
o un amor
que arranqué de cuajo
para empalarlo
ante el romántico sol de un crepúsculo.
No es suficiente lo que veo y soy
para entender el accidente
que hizo de la estrella
una mala metáfora de lo infinito;
respiro y hablo,
advierto y predigo,
y aun así nada es suficiente:
 
los planos se despliegan
y en ellos nadie explica
dónde se borran las líneas
o dónde comienza el filo
de este papel imaginario
que me tocó en suerte vivir.

 

Cada vez el mundo

Shine on your crazy diamondPink Floyd

 

Cada vez el mundo
retorna al destello.
Una inmensa urna, el mundo,
y entre velas
tus manos apretando monedas
que no quieres dar.
 
Deja que los demás se maten,
 
cada vez el mundo
retorna del viaje al que no has ido.
 
De algún lugar somos desplazados.
 
De algún exilio hemos regresado.
 
Trae viejas cartas, el mundo,
cada vez más ilegibles,
del viaje viene el destello
que hace girar los diamantes,
el ojo preciso que gira
gira sobre el diamante
y nadie lo pule
así queda,
tus manos apretándolo
entre velas –viejo, Baruch-
entre mundos que unen
las viejas cartas
consteladas.

 

6

 

Vi a los panaderos
escondiendo vidrios en la harina.
Los vi amasar.
Triturar.
 
Cuando el mar es de estaño
los grandes panes de Job
surcan despacio las costas
y todos elevamos sus salmos.
Cuando el mar se funde
con la placa inmóvil del cielo
en las dulces chispas
que agujerean la noche
los grandes mendrugos de Job
son picoteados por las gaviotas,
pulverizados.
 
A esta hora
alguien parte el pan.
Mi niño tiene hambre.
Extiende la mano
en la misma forma
que desliza sus barcas de papel
después de la lluvia.

Fabricio Estrada

Poeta y fotógrafo hondureño nacido en 1974 en Sabanagrande, Francisco Morazán. Su trabajo poético incluye los títulos Sextos de Lluvia (1998), Poemas contra el miedo (2001), Solares (2004), Imposible un Ángel (antología, 2005), Poemas de Onda Corta (2009), Blancas Piranhas (2011), Sur del mediodía (2013-2015) y Houdini vuelve a casa (2015). Es parte, además, de las antologías: Cien años de poesía política en Honduras (Roberto Sosa, 2003), Las rutas del viento (Alfredo Pérez Alencart; Madrid, 2005), La herida en el Sol (UNAM: México, 2008), Puertas abiertas (Sergio Ramírez; Fondo de Cultura Económica: México, 2011), Cuerpo plural: Poesía hispanoamericana contemporánea (Gustavo Guerrero; Instituto Cervantes de Madrid, 2010), La poesía de siglo XX en Centroamérica y Puerto Rico (Selena Millares; Visor, 2013). Reside actualmente en San Juan, Puerto Rico. Bitácora del párvulo es su blog personal.