El último caso

Un relato entre lo paródico, lo policial y lo político, ideal para un año electorero.

“Estos tipos son astutos e influyentes. No será fácil”, le dije.

“Son órdenes de arriba”, respondió el Tirina.

“Hum”.

“¿Tenés algún plan?”.

“No”.

Colgué el teléfono y abrí otra Coca Cola. Empezaba a sudar de nuevo y deslicé el borde de la lata sobre mi mejilla. Volví en seguida al dormitorio. Dentro, la silueta de Mónica se enredaba entre las sábanas, sus extremidades largas, bien formadas, frente al ventilador. Caramba, pensé, que monumento de mujer. Mi vejiga empezó a hincharse y el cinturón me apretó las tripas con más fuerza. Empujé lo último que quedaba de la lata, encendí el tocadiscos y me dirigí al baño. Me duché como de costumbre con agua fría (solo hay dos formas de estimular el pensamiento: las caminatas largas e ininterrumpidas y las duchas con agua fría). Reflexioné sobre el caso: bastaría con una sola visita, una acción directa sobre el objetivo, pero las órdenes eran distintas. Será una pérdida de tiempo, dije, con la voz apagada por la corriente de agua.  

Cuando salí Mónica ordenaba los discos a un extremo del librero. El cuarto olía a talco y a cosméticos baratos. Me dirigí al cajón y empecé a vestirme. Sin mirarme dijo: 

“¿Por qué te gusta guardar tanta basura?”.

“No es basura, son mis discos”.

“Ya nadie escucha música de este modo”.

“Yo lo hago”.

“Atraerán ratones y cucarachas”.

“Nada que me incomode”.

Doblé las mangas de mi camisa frente al espejo. Mi figura tenía mal aspecto, seco de carnes y rígido. Las nalgas de Mónica se reflejaban en la superficie: dos glúteos poderosos, como dos grandes epifanías. Su compañía había sido una demostración de vigor y talento, pero después de cierto tiempo un tipo como yo añora la soledad. Necesitaba tiempo para pensar en la llamada del Tirina y en las posibles complicaciones del caso.

“¿Te gustan los Beatles?”, preguntó Mónica.

“Si”.

“¿Y la salsa?”.

“También”.

“¿Te gusta el rock y la salsa?”.

“Me gusta la música. Cariño, tengo que irme”.

“¿A dónde vas?”.

“A caminar”.

“¿Vas a verte con otra?”.

“Es probable”.   

Mónica recogió sus cosas y se dirigió al baño. Entonces corrí hacia la mesa de noche y busqué en el fondo del cajón la Colt Cobra. Comprobé en silencio su estado, admirando la belleza de su marco de acero. Escondí el revólver en mi cinturón, debajo de la camisa. La puerta del baño se abrió y una mezcla de desinfectante y maquillaje inundó el cuarto. Salí con Mónica a la calle. Nos despedimos en la esquina, guardando las distancias.

Tomé un taxi. En el camino llamé a Paula. La escuché disculparse por cancelar los planes para esa noche. Había decidido pasar el día en la casa de sus padres, dijo,  debido a un desperfecto con el aire acondicionado de su apartamento. Prometió que me llamaría cuando estuviera libre. Colgué. Almorcé en uno de los restaurantes del puerto: pescado a la plancha y papas fritas, un poco de ensalada y una lata de Coca Cola. Compré el periódico y estudié cuidadosamente la sección de obituarios. Después de medio día me dirigí a la oficina del Arzobispo, una casona vieja, de aspecto colonial, muy bien conservada a pesar de los años. Le dije al guardia que tenía una cita. El tipo me observó con desconfianza. El Arzobispo no está, dijo, salió de viaje hace un par de semanas. Volví a insistir. Le dije que era abogado, que una de mis clientes acababa de fallecer y había decidido donar todos sus bienes a alguna institución benéfica. Una excusa arriesgada pero inquietante. El guardia llamó por el auricular y después de algunos segundos abrió el portón. Caminé por un largo sendero de piedra que desembocaba en un pequeño pórtico de madera. Un tipo pálido y de modales afeminados me recibió sin mucho entusiasmo. 

“Mi nombre es Roberto”, dijo, arrastrando las erres, “el Secretario del Arzobispo lo espera en su despacho”. Pude reconocer el desprecio en sus gestos, su mirada profunda y rápida memorizando mi figura. Entré al despacho del Secretario.

“Es usted el señor Cabrera”.

“A sus ordenes su excelencia”.

“Puede llamarme monseñor”.

“A sus ordenes monseñor”.

“Cuénteme un poco más sobre lo que lo trae por acá”.

“Soy abogado y una de mis clientes acaba de fallecer”.   

“No me diga, lo siento mucho”.

“Estiró la pata después de luchar contra una rara enfermedad que le provocaba desmayos y convulsiones. Algo del torrente sanguíneo”. 

“Terrible, terrible. Pobre criatura”.

“Su familia quiere apoderarse de la herencia, despojar a mi cliente de su última voluntad. Vaya usted a saber con qué clase de gente estoy tratando”.

“Nidos de harpías, insensibles, pobres corazones egoístas”.

“Estoy seguro que usted podrá ubicar la herencia de mi cliente en grandes obras benéficas”.

“¿Quién le aconsejó ver al Arzobispo?”.

“El señor Guillermo Baussen, gran amigo de la familia”.

“Un gran hombre el señor Baussen”.

“Me gustaría proceder cuanto antes”.

“Tiene usted toda la razón señor Cabrera”.

Mientras el gordito hablaba yo examinaba de reojo toda la habitación: libreros repletos de enciclopedias viejas y fotografías, un retrato gigante del Arzobispo, varias cajas de vino perfectamente apiladas una encima de otra, una puerta de madera a un costado. El secretario se disculpó y me pidió que regresara la mañana siguiente: 

“Tengo asuntos que atender, Robertito lo acompañará a la salida”, dijo, y me extendió su mano en un gesto elegante y paternal. Salí del despacho del Arzobispo y volví a mi casa. Me quité la ropa y me quedé solo en calzoncillos, encendí el tocadisco y llamé al Tirina. 

“El objetivo no está en el país. ¿Qué sabés de su secretario?”.

“Consultaré los registros”.

“Hay otro tipo, un tal Robertito, famélico, pálido, la piel casi transparente”.

“También averiguaré sobre él”.

Colgué el teléfono. De momento no había mucho por hacer. Me tiré sobre el sofá y escuché el disco de Telemann. El sonido de la flauta como un susurro deslizándose por el espacio. Pensé en Paula, en su vientre redondo y suave, sus pechos pequeños que cabían perfectamente en mis manos. Me masturbé mientras escuchaba la descarga de violines romper la solidez del aire. Sin darme cuenta me quedé dormido. Cuando desperté marqué de nuevo el número del Tirina:

“¿Algo nuevo?”.

“El Secretario es amigo personal de algunos jueces y diputados”.

“¿Algún tipo de protección?”.

“Lo normal”. 

“Tenemos que tener cuidado”.

“Exoneración de impuestos, trato preferencial, favores a cambio de dinero, encubrimientos de pequeños escándalos a sus allegados”.

“Y su asistente”.

“¿Quién?”.

“El marica”.

“De él no sabemos nada. Será mejor que te cuidés. Esos tipos son peligrosos”.   

Pasé la noche frente al tocadisco escuchando una y otra vez el mismo concierto y pensando obsesivamente en Paula. A la mañana siguiente me dirigí a la oficina del Arzobispo. El guardia de seguridad me dejó pasar sin hacer preguntas. Esperé en una pequeña sala afuera de la oficina. Dos beatas miraban la televisión a mi lado. La sala estaba llena de cuadros y fotografías del Arzobispo junto a grandes personalidades de la sociedad y la política. Después de algunos minutos la puerta se abrió. Entré a la habitación.

“¿De qué enfermedad dijo que murió su cliente?”.

“Complicaciones de hemofilia”.

“La hemofilia solo afecta a los hombres”.

“Quise decir trombofilia”.

“Hmm… Que tragedia. ¿De cuánto estamos hablando?”.

“Una suma considerable de dinero, dos casas en la playa, un terreno cerca de las Colinas”.

“¿Tiene todo listo?”.

“Me gustaría echarle un último vistazo. Le importaría vernos el miércoles”.

“Me parece perfecto”. 

Me levanté y me di la vuelta. Antes de salir el Secretario me dirigió unas últimas palabras:

“Hablé con el señor Baussen. Dice que no lo recuerda”.

“Don Guillermo es un hombre muy ocupado. Lo llamaré para recordarle. Hasta luego”.

Salí. Robertito permanecía de pie en medio de la sala de espera. Su rostro pálido, descarnado, de pómulos salidos. Sonrió dejando entrever sus pequeños dientes. Un gesto de desafío y de burla. Vaya mierda. Llegué a mi casa y abrí una Coca Cola. Me quité los zapatos y me tiré sobre el sofá. Marqué el número de la Oficina.

“Creo que el tipo sospecha algo”.

“¿Creés que muerdan el anzuelo?”.

“Carajo Tirina, necesitamos algo grande”.

“Dejame hablar con Ludwing”.

“El marica me observa con ojos de hiena. Debemos actuar cuanto antes”.

“¿Tenés algún plan?”.

“No”.

“Maldita sea Cabrera, el comandante se pondrá furioso”.

“Ya lo resolveré”.

Colgué sin esperar la respuesta del Tirina. Estaba agotado. Había algo que no cuadraba. O el Secretario era más poderoso de lo que creíamos o la información de la Oficina era inexacta. Solo me quedaba esperar el informe de Ludwing. Llamé a Paula y le propuse cenar esa misma noche. Se excusó diciendo que tenía una cita con sus compañeras de la academia.  La mañana siguiente saldría de viaje hacia el extranjero y no volvería hasta en dos semanas. Quedamos de vernos cuando regresara. Sus excusas me inquietaban. Conocía a Paula desde hace un año y desde entonces nos encontrábamos dos o tres veces por semanas en su apartamento de Villa Fontana. Algo no iba bien. 

Empezaba a sentirme cada vez más fatigado y aburrido. No tenía ningún plan y las opciones se reducían con el paso del tiempo. Encendí el tocadiscos, moderno, portátil, de alta definición, y me metí a la ducha. Esa mañana mientras desayunaba había colocado el long play de Rigoletto. La voz temible de Sparafucile estimulaba mis convicciones. Una grabación exquisita, en directo desde algún teatro del extranjero, una obra cuya experiencia me incitaba a preparar con determinación el golpe definitivo contra el Arzobispo. Me vestí y salí a caminar. Bajé por la calle principal de Altamira y luego crucé en dirección al Parque Japonés. Avancé un par de cuadras hasta llegar a la zona de los restaurantes. Entonces observé a Paula bajar las escaleras de uno de los establecimientos. Un tipo en shorts y camisa manga larga la seguía de cerca. Los vi tomarse del brazo mientras caminaban por la acera, cruzar la calle y perderse en medio de los vehículos. Así que eso era, mhm, pensé, Paula me había cambiado por un niñato. Maldita sea. Di la vuelta. Decidí deambular un rato para olvidarme de todo. Llegué a mi casa y me tumbé con ropa sobre el sofá. No pude dormir. Era casi la media noche cuando encendí la televisión. El Comandante subía en las encuestas pero el Arzobispo seguía despotricando contra su campaña. Fui a la habitación y llamé a Ludwing.

“Desembucha”, dije.

“¿Estás borracho Cabrera?”.

“Hablá rápido, carajo”.

“¿Qué querés que te diga?”.

“¿Has hablado con tus informantes?”.

“Todo está bajo control. Podés pasar por los documentos mañana por la mañana”.

“Necesito un acompañante, solo por precaución”.

“¿Quién?”.

“No sé, alguien duro y con experiencia”.

“Te enviaré a Chicón”.

“No tengo tiempo, dame su contacto”.

Apunté el número en una caja de Corn Flakes vacía. No tenía deseos de esperar hasta el miércoles, el encuentro con Paula había alterado mis nervios. Marqué el teléfono de Chicón y le expliqué los detalles de la operación. Le di las últimas instrucciones y le pedí que recogiera los documentos que Ludwing había preparado. Chicón era un tipo callado y fuerte, un antiguo agente de la seguridad del Estado acostumbrado al trabajo sucio. Permanecí tirado en el sofá el resto de la madrugada, en silencio, pensando en Paula y en su nuevo amante. Cuando desperté eran casi las once. Había quedado de almorzar con Mónica y debía darme prisa. Tomé las llaves del vehículo estacionado desde hacía meses en la puerta de mi casa y salí a su encuentro. 

Esperé en la sala mientras Mónica terminaba de preparar la mesa. Encendí la televisión y cambié los canales sin ningún sentido: noticieros, concursos, largas entrevistas al resto de candidatos. Seguía sin idear un plan y el tiempo corría en mi contra.  Mónica sirvió la ensalada y me llamó para que la acompañara. Comimos en silencio: pasta, vegetales, un poco de carne. Le conté la historia de Paula, o lo que yo pensaba que era la historia de Paula. Mónica se rió. Se puso de pie y fue a la cocina por una taza de café. Cuando volvió dijo que siempre le habían dado risa los hombres sentimentales. No supe qué responder. Le dio un trago largo a su taza y luego me acarició la cabeza. Dijo que el desengaño era cruel pero inevitable, que los hombres como yo éramos grandes amantes pero unos buenos para nada. Se trataba de una decisión práctica, continuó, las niñas de casa siempre añoran sus antiguas comodidades. ¿En serio creíste que te tomaría en serio?. Mónica tenía razón. Para Paula no había sido más que un simple entretenimiento, una forma más de escapar de la rutina. Desde que dejé la facultad no había hecho más que trabajar como un perro, joderme a mi mismo y joder a los demás por un poco de dinero. ¿Qué podría ofrecerle a aquella joven de gustos finos y distinguidos?. Me levanté y besé a Mónica en la frente. Quedamos de vernos pronto. Corrí hacia el baño y me lavé la cara. Más tarde, mientras manejaba, supe que me había comportado como un idiota. 

Me encontré con Chicón en el estacionamiento de Metrocentro, tal como habíamos planeado. Me acomodé en el asiento de pasajero y le eché un ojo a los documentos. Eran una bomba. El tipo tendría que ser muy poderoso para no preocuparse por ellos. Con el secretario de nuestro lado sacar del juego al Arzobispo sería pan comido. Empezaba a oscurecer y la casona estaba casi vacía. En la cabina de seguridad presenté a Chicón como mi chofer. Entramos y nos estacionamos cerca de la entrada. Robertito nos esperaba debajo del pórtico, con sus ojos febriles observándonos desde la distancia. Antes de bajar le ordené a Chicón que lo vigilara. Nos saludó con un breve apretón de mano, lo suficientemente fuerte para intuir la dureza de sus brazos. Atravesamos el umbral y el marica inspeccionó a mi acompañante de arriba a bajo, con la misma sonrisa burlona de siempre. Caminamos en silencio hacia la oficina. Chicón y Robertito se detuvieron en la sala de espera. Entré solo.

“No lo esperaba hasta mañana. Tenga la bondad de sentarse”.

“No vamos a tardar mucho”.

“Usted no es abogado”.

“Ni usted una santa paloma”.

“¿Qué lo trae por acá?”.

“Creo que podemos llegar a un acuerdo”.

“Yo no hago tratos con palurdos”.

No lo podía creer, el idiota había utilizado la palabra palurdo. Le extendí la carpeta sobre el escritorio. Fotocopias de documentos, fotografías, registros de transacciones y cuentas bancarias, etc. Todo perfectamente ordenado y clasificado, un trabajo espléndido gracias a la colaboración de Ludwing y del personal técnico de la Oficina. El secretario alargó el brazo y tomó la carpeta.

“Sus amenazas no nos preocupan señor Cabrera”.

“Todos tenemos un precio”.

“Sus papeles no le interesan a nadie en esta oficina. Tome sus cosas y váyase antes de que llame a la policía. ¿O usted mismo es la policía?”.

El secretario era un tipo listo, alguien hecho de la misma sustancia que el personal de la Oficina; agudo, sin escrúpulos, con esa confianza excesiva para herir con las palabras. Permanecí en silencio a la espera de cualquier movimiento.

“Vaya, vaya, pero que tonto soy. Debí de sospechar con quién estaba tratando. Cabrera, usted no es más que un pobre diablo. Lo supe desde la primera vez que lo vi cruzar la puerta. ¿Cree usted que alguna de esas distinguidas señoras confiarían en usted?. ¿Ha visto su ropa?, ¿ha notado lo vulgar y corriente que es?”. 

La hiena empezaba a sobrepasarse. Noté su mirada de desprecio y superioridad, la misma que Robertito me había dirigido desde el primer día.

“Quizás se haya convertido en un hombre culto y educado pero no pertenece a estas esferas. No engaña a nadie. Usted no es más que un patán, un sujeto ordinario y sin escrúpulos que quiere pasarse de listo con los demás, algún sucio pueblerino que después de ganar algo de dinero cree pertenecer a ese otro círculo, a esa genealogía cerrada de la cual nunca podrá formar parte porque sus rasgos y sus calcetines blancos lo delatan a la distancia. Pobre oportunista, malhechor, pequeño asalariado de quinta…”.        

Mientras el Secretario continuaba con sus insultos no pude dejar de pensar en Paula y en su nuevo amante. Los imaginé en la cama, sudados y aburridos después del primer encuentro. Recordé la conversación con Mónica y las palabras del Secretario empezaron a tener sentido. Quizás tenía razón, quizás nunca había estado a la altura de Paula. Maldita sea. Volví a sentir esa mezcla de furia y de tristeza que solía perturbarme de pequeño. Entonces, sin pensarlo, tomé al Secretario del cuello y lo arrojé con fuerza sobre uno de los libreros. El tipo cayó al suelo y empezó a llamar a gritos a su asistente. Me acerqué y le di un golpe seco en la mandíbula. Escuché una especie de aullido, una serie de gemidos largos e irregulares provenientes del exterior. Abrí la puerta y observé a Chicón intentando neutralizar al guardia. Robertito se había lanzado sobre su cuello, forcejeaba y arrojaba manotazos sobre su rostro. Vi al Secretario incorporarse y volví a inmovilizarlo con un golpe certero y limpio en dirección al hígado. Saqué el arma y apunté directo a su cabeza. Un movimiento en falso y le volaba los sesos. No tuve dificultades para forzar la puerta del fondo. Tal como el informante de Ludwing había indicado se trataba de una entrada lateral a la oficina del Arzobispo. Ubiqué la caja fuerte en un extremo de la habitación, fabricación alemana y resistente al fuego, con bisagras interiores doblemente reforzadas. 

Después de cinco minutos logré abrir la caja, un procedimiento rápido y eficiente, aprendido en unos de mis viajes al extranjero. Salí con los documentos y encontré a Chicón jadeando en uno de los sillones. Robertito y el guardia permanecían inconscientes en medio de la sala. El Secretario había corrido a refugiarse en el baño de la oficina. Ayudé a Chicón a ponerse de pie y salimos al estacionamiento. Conduje hasta salir de la ciudad por una calle secundaria, en medio de un sin número de residenciales de clase media y asentamientos rurales. Había oscurecido y algunas nubes de tormentas se acercaban desde el horizonte. Dentro de pocas horas Managua se convertiría en un gran charco, una masa de concreto inundada por corrientes de agua sucia. Torcí hacia Carretera a Masaya y me detuve en una gasolinera. Revisé el botín.

Los documentos de la caja fuerte sí que eran una verdadera bomba. Si salían a la luz el Arzobispo, el Secretario y varios funcionarios del gobierno estarían completamente jodidos. Un golpe de tal magnitud acabaría con los enemigos del Comandante y le dejaría el camino libre para la elección. Llamé al Tirina para contarle la noticia.

“¿Dónde te habías metido Cabrera?”.

“Trabajando”.

“He intentado comunicarme con vos durante toda la tarde”.    

“Tengo un bombazo Tirina, nadie saldrá con vida después de esto”.

“Cancelaron la operación”.

“¿Qué?”.

“El Arzobispo llamó al Comandante desde el extranjero y le propuso un trato en persona. Arreglaron sus diferencias como los grandes. El tipo ahora está de nuestro lado”.

Maldije en secreto al Tirina antes de colgar el teléfono. Sabía que tenía que conservar la compostura. Observé a Chicón con el rostro cortado, una masa informe de coágulos y moretones. 

“Creo que tu ojo va a estar bien, dentro de pocos días bajará la inflamación y podrás ver de nuevo, quizás hasta mejor que antes”.

Chicón no respondió. Su respiración era una serie de espasmos rápidos y cortos. Su pecho se inflaba y se contraía en pequeños intervalos, descubriendo los golpes y rasguños a través de la guayabera rota y manchada de sangre. Suspiré.

“Vámonos hermano”, dije, “te invito a una cerveza”.