El tiempo subterráneo

Cuento inédito.

Shadow Shape. Ilustración de Mario Cuadra.

Afilad los cuchillos que guardasteis,
ponedlos en mi pecho y en mi mano,
como un río de rayos amarillos,
como un río de tigres enterrados
 
PABLO NERUDA

 

*

...un cuerpo que respira bajo la tierra seca de abril en mayo no será un cadáver, sino una semilla...

*

Todavía me pregunto cuándo empezó esta parálisis total del alma.

Del otro lado de la ventana un flujo de nubes se precipita sobre el espectro de la luna, como queriéndolo arrancar del cielo. Aquí, en este bar —atestado de seres entumecidos como yo por el subdesarrollo, las drogas y el automatismo— nadie se pregunta nada. Pero en el fondo de todo, contrayendo el alma como un tic nervioso, persiste la esperanza.

Yo me he obligado a creer, como ellos, que aquí podemos estar a salvo de la miseria que nos corroe. No es así. Varios niños descalzos y cadavéricos, hijos de la noche y de nuestra violenta indiferencia, nos otean desde la acera como la Muerte Roja en el cuento de Poe.

Estoy aquí porque no tengo un mejor lugar donde estar. Hoy mi novia dormirá en casa de su abuela. La soledad provoca un énfasis en el caos de mi apartamento que prefiero evitar. Además es quince, entonces me dejo contagiar de la alegría que mis colegas del call center se imponen cada día de pago.

Entre el bullicio escucho que uno de los tipos de mi mesa me habla en inglés —nuestro maldito inglés de costumer service. Me dice que va a comprar drogas. “¿A cuánto?, ¿con quién?, ¿en cuánto tiempo?”. Todas las respuestas me satisfacen. Entonces le entrego un billete de doscientos córdobas y me empino el trago.

Varios de mis colegas se levantan y apartan sus sillas, porque uno regresa de la barra con tres muchachas desconocidas; yo aprovecho para escabullirme al baño.

*

En mayo —cuando Tacho viejo iniciaba su segundo período presidencial—, como una lila de la tierra muerta, nació un niño.

Cuando su padre fue asesinado por la dictadura, ese niño tenía cuatro años. Creció —junto a sus hermanos, sus abuelos maternos y su madre— en una vieja casa cundida de ecos y espejos manchados al sur de Nicaragua. Durante los atardeceres de su infancia solía vagar por los cafetales del pueblo hasta encontrarse con el fantasma de su padre. El día que cumplió siete años juró ante sus ojos espectrales, fosforescentes entre la bruma, vengar su muerte.

Quienes lo conocieron lo describen como un ser de luz, repleto de una alegría prístina que contagiaba a quien tocaba y una avidez vehemente por descubrir el mundo. Sin embargo, en soledad, solía ensombrecerse por completo, consumirse en las penumbras de su obsesión. Creció siendo un muchacho muy apuesto. Tenía el pelo negro, la sonrisa filosa y los ojos verdes y gachos, humedecidos por una tristeza insondable, idénticos a los de su padre.

Algunas vacaciones de sus primeros años de bachillerato las pasaba en la finca de sus abuelos paternos, en Chontales, donde escuchaba complacido, una y otra vez, la historia de rebelión y martirio; otras las pasaba en una finca de las afueras de su pueblo, muy cerca de donde su padre había sido capturado.

Su hermano menor era el más cercano en edad, y fue su cómplice y confidente durante toda su vida. De chavalos se iban a los cafetales o los potreros, donde el mayor le enseñó a tirar un cuchillo sosteniéndolo de la punta, a disparar con un rifle de balines y a colgarse con los pies de las ramas de los árboles. También le enseñó cuáles hongos, de los que encontraban tras las lluvias, eran tóxicos y cuáles podían “dar nota”. Todos sus juegos eran una preparación.

“Voy a matarlo”, decía casi desde que pudo hablar, mientras cerraba un ojo y alineaba el otro ante su dedo flacucho, apuntando a un afiche del dictador en una calle del pueblo.

*

Está tan lleno que apenas se puede caminar. En el pasillo del baño hay una fila de cinco personas. Por suerte el ron ya empieza a hacer efecto. Cerca de la entrada diviso al tipo que había ido por las drogas. Le hago señas indiscretas desde donde me encuentro. Viene hacia mí y me entrega dos bolsitas. Entro al baño y pongo el seguro. Lucho con uno de los nudos. Cuando lo desato, hundo la esquina de mi tarjeta de débito hasta el fondo. Mientras coloco el cerrito blanco bajo una de mis fosas miro mi rostro, desdibujado por el espejo. Inhalo. Quizá la noche mejore.

De regreso en la mesa escucho que uno de mis colegas me nombra. “Si querés, podés preguntarle vos misma”, le dice a una de las muchachas cuando me siento. “¿Qué cosa?”, pregunto. Ella ríe. “Tu amigo —responde— nos estaba contando que sos poeta”. Sí —pienso—, salvo que hace años lo dejé, y que este imbécil no es mi amigo —pero respondo: “No realmente. Extravíos de adolescencia... vos sabrás”, y miro hacia otro lado. “¿Por qué lo dejaste?”, quiere saber ella. Sorbo largamente mi trago. “Simple: porque aquí no se vive de esa mierda —espeto—, y en algún momento uno debe crecer, ¿no?”. “Entonces... ¿era más como un hobby?”, prosigue. No, pelirroja de grandes tetas que me importuna con su curiosidad —quisiera decirle—, no era como un hobby; era más bien una sublevación vital, una drástica apuesta contra la realidad —pero respondo con un “sí”, y pongo el vaso sobre la mesa. “Eso mismo —añado— un hobby”. “¿Un hobby? —interviene mi colega desde el otro lado de la mesa— no seás tapudo, loco, que por hobby nadie se gana un premio nacional y publica dos libros”. “Era un premio sin importancia —explico—, que consistía en la publicación de la obra en un tiraje de solo doscientos ejemplares que nunca circularon”. “¡Guau! —exclama la pelirroja— entonces sí sos todo un escritor”. Pero no, apenas soy mano de obra barata en una maquila del tercer mundo, y prefiero callar.

Estoy listo para largarme de aquí, pero ya tengo la droga y necesito el licor y el bullicio del bar para apaciguarla. Platico con la pelirroja, pues resulta que no es tan idiota como el resto de los que me acompañan. Acaba de terminar un máster en Relaciones Internacionales en algún país de Sudamérica, según me cuenta. Trabaja para una oenegé y alquila en Carretera a Masaya. Charlamos sobre música, luego sobre películas y, finalmente, sobre libros. Me dice que le gusta Parra y Pizarnik, que prefiere al Cortázar cuentista y que no soporta al tal Bolaño. Miro mi reloj. En unas pocas horas el sol calcinará la miseria de esta ciudad. Todos estamos borrachos y drogados. Ella toma mi celular y guarda su número. Se llama G. Desde hace rato me lanza indirectas para que la invite a mi apartamento. Aunque respondo a su coqueteo, suelo serle fiel a mi novia, y la cosa no pasa a más. Ella, por suerte, no tiene mi número.

*

La vida es sólo una”, decía el mayor de los hermanos cuando se tumbaban en la hierba que se erizaba en la cima de una pequeña colina, más allá de los cafetales y los potreros, tras comer hongos y fumar churros, mientras el cielo se torcía en un vórtice amarillo, rojo y magenta ante sus ojos, “por eso uno tiene que hacer lo que siente que tiene que hacer, sin pensársela mucho”.

Durante la adolescencia cultivó un marcado interés hacia la música y las drogas de la época. Para el sesenta y siete, antes de cumplir diecisiete años, fue encarcelado por primera vez luego de sumarse a una protesta estudiantil contra la dictadura. Intentó, sin éxito —guiado por la obsesión de vengar a su padre—, integrarse como colaborador al clandestino FSLN. Volvió a caer preso luego que la Guardia lo encontró casi desnudo e inconsciente en el parque central del pueblo tras una ingesta masiva de alucinógenos. Su madre decidió, con gran sacrificio y aterrada de que el hijo imitara el destino del padre, sacarlo del país.

“Si yo regreso aquí”, le dijo a su hermano menor una noche del sesenta y nueve, poco antes de marcharse, mientras se dejaba caer una gota de LSD en el ojo y las luces multicolor de La Tortuga Morada le surcaban la cara como espectros, “va a ser únicamente para matarlo”. Al menor aquellas palabras le llegaban como el eco de una tristeza anterior. Se abrazaron y, durante el resto de la noche, lloraron hablando de su padre y de lo que consideraban un acto heroico.

Llegó a San Francisco a inicios del setenta, pero al poco tiempo fue expulsado del colegio donde estaba internado. Por un breve período se descubrió extraviado en el epicentro del movimiento hippie. Su madre lo contactó y lo obligó a mudarse a New Jersey, donde vivía su hermano mayor, que para entonces estaba por culminar su tesis doctoral en el departamento de psico-farmacología de la Universidad de Princeton. Sin embargo, a los pocos meses abandonó la casa del hermano y se fue a vivir a Big Pink, una comuna hippie al sur de Jersey, donde permaneció varios años.

*

El bar, por suerte, queda a pocas cuadras de mi apartamento. Por fin atravieso las calles de Reparto San Juan. Durante todo el trayecto una insistente paranoia me hostiga. Después de muchos intentos fallidos, logro abrir el portón. Atravieso el parqueo y paso los otros apartamentos diminutos, idénticos al mío. El caos que habito, visto desde el umbral, es desolador. Hay suciedad y desorden. Hay ropa tirada por todo el lugar. Un cerro de trastos sucios donde creo divisar un par de cucarachas. Libros desparramados en cada rincón. Chivas de cigarro, ramas de marihuana y cenizas.

Prendo la tele y me tiro al colchón matrimonial que abarca todo el piso de mi cuarto. Este apartamento es tan pequeño que podría ser una casa de muñecas. Mis gatos no están por ninguna parte. Saco la laptop y busco mi bolsa de marihuana. Necesito fumar, de lo contrario la coca no me dejará dormir. Mientras deshago los cogollos, prendo la computadora e, instintivamente, abro la página de Facebook. El churro, ya enrolado, cuelga de mis labios. Busco fuego con la vista, hasta que diviso una caja de fósforos en la mesita del porche. Cuando abro la puerta mis tres gatos entran ceremoniosos, restregándose contra mi pierna.

Entro de nuevo, con el churro encendido, y veo que uno de los gatos camina sobre el teclado de la computadora. Cuando lo aparto encuentro varias ventanas del navegador abiertas y en la última, la página de inicio de Facebook. Hay un nuevo mensaje; al leer el nombre del remitente me extraño: un imbécil que me hizo la vida imposible cuando empecé en este trabajo y que, no hace mucho, fue ascendido a Operations Manager. No puede ser mi perfil. Me cuesta creer que se trata del de mi novia. Junto a la notificación aparece el final del mensaje: “Te veo entonces, preciosa ;)”. No me contengo y abro todos los mensajes archivados. Según leo, hoy pasarán la noche en un hostal de la laguna de Apoyo. Mañana regresarán a Managua, al trabajo, como si nada. Un asco súbito me encoge el estómago. Mensajes más antiguos confirman que llevan no poco tiempo viéndose. Siento asco, tristeza, dolor y una cólera terrible por sentirlos. Aunque todo está dicho, un impulso pueril me hace tomar el celular y marcar su número; la llamada va directo al buzón. Las paredes me oprimen y necesito aire, entonces salgo con la mitad del churro a la calle. Ardo en cólera. Sigo marcando, sin suerte. Por último, resuelvo gritar una profusa progresión de improperios a su buzón de voz. Estoy agitado. Una pareja aparece a mi lado haciendo jogging. No me explico en qué momento salió el sol. Desde la acera de enfrente, una señora que monta a sus hijos en el bus del colegio me mira horrorizada. En pocas horas tengo que estar en el trabajo y no sé si podré dormir. De todas formas me tiro en el colchón, exhausto, y me pongo a ver el techo y la pared donde tengo pegadas las dos únicas fotografías que conozco de mi padre.

En una camina hacia la cámara, muy serio, portando su uniforme de las Fuerzas Especiales del ejército estadounidense en la base de Ft. Gulick. En la otra está de pie, bastante más joven, desnudo de cintura para arriba, barbudo, con el pelo mojado cayéndole sobre los hombros y abraza a una rubia de ojos azules que lleva un traje de baño oscuro; al fondo, rozado por las ramas de un sauce, se dilata un estanque y más allá, la vieja casa de madera de la comuna.

*

Poco después de su llegada se apareció por Big Pink una muchacha de Oregon. Tenía el pelo rubio hasta la cintura y los ojos azules como el cielo de la primavera que la llevó. Había huido de su casa y cruzado el país hacía dos años para buscar suerte en la Gran Manzana. Algunas noches la muchacha tocaba canciones de Joan Baez en una vieja guitarra mientras él escuchaba con deleite. Su padre también había sido militar y también había caído en combate, pero sirviendo al ejército estadounidense, cuando ella era una niña. Desapareció en la provincia de Hwanghae, durante la Guerra de Corea. Más de una vez hablaron sobre los destinos elegidos por sus padres. Ella aseguraba no sentir más que odio hacia el suyo por haberla dejado sola. Él opinaba que cualquier hombre que muere a causa de sus principios, sean éstos los que sean, merece, cuando menos, ser respetado. Ella lo miraba indignada. “Asesinar civiles y destruir poblados en una de las tantas guerras de este imperio no me parece, bajo ningún punto de vista, respetable —decía negando con la cabeza—, y mucho menos el morir por ello. Yo hubiese preferido un padre antes que un héroe”, concluía siempre. Algunas tardes de verano solían bañarse desnudos en un estanque cercano a la vieja casa de madera de Big Pink. Ahí, bajo la amplia copa de un sauce, hicieron el amor por primera vez.

*

El zumbido eléctrico de la alarma del celular me despierta. Miro la pantalla. Apenas he dormido una hora. Es dieciséis de diciembre. Ya han pasado siete meses, pienso. No quiero ir al trabajo, pero recuerdo que tengo dos warnings y un no-call-no-show, entonces no debería faltar. Me enjuago la cara, me lavo los dientes y tomo el primer taxi que encuentro en la calle.

Cruzo casi corriendo el estacionamiento de la antigua Embajada de los Estados Unidos. Aquí está ubicado el call-center donde trabajo. Deslizo la tarjeta por la puerta. Guardo mis cosas en el casillero y entro al piso con un dolor que me parte la cabeza.

Apenas me siento en mi cubículo, para encender la computadora, el supervisor aparece del otro lado. “Good morning, B”, dice con cara de idiota. Me pide que lo acompañe, y empieza a caminar hacia las escaleras. Del otro lado de esas escaleras me espera la razón puntual por la que consideré ni siquiera aparecerme a trabajar. Con la mitad de escalones recorrido, diviso el reloj que está sobre la puerta del Operations Manager. Vine casi cuarenta minutos tarde. Mientras la puerta se abre, recuerdo los mensajes y el hecho de que el O.M. recién regresa de una noche de desenfreno sexual con mi novia, y ardo en cólera.

Entonces cierro los puños y aprieto la mandíbula. El imbécil me espera de pie, del otro lado de su escritorio, con una sonrisa. Me habla, naturalmente, en inglés. Pregunta si todo está bien, o si he tenido algún problema. Niego con la cabeza, viéndolo a los ojos. Señala mi retraso y me recuerda la faltas acumuladas. Me encojo de hombros, a dos pasos de destrozarle la cara con el pisa-papeles de su escritorio. Quiere ensayar un sermón sobre mis responsabilidades como empleado. Yo entorno los ojos mientras un repeluzno trepa por mi espalda. Por fin me levanto y le digo en español que, de no ser porque estamos donde estamos, y por su posición, le quebraría el culo en este mismo instante. Él también se levanta y lleva el índice a un botón del teléfono. “B”, me dice también en español, “no sé qué te pasa, pero necesito que te calmés”. Antes de escupir sobre su escritorio lo sujeto de la camisa y, muy de cerca, le aconsejo que empiece a cuidar sus pasos. Cuando salgo de la oficina me topo con tres guardias de seguridad que suben por la escalera. El de Recursos Humanos ya me espera en mi cubículo con una carta de renuncia inmediata.

Por fin saco mis cosas del casillero y salgo al estacionamiento. Como un chiste desagradable de pelo negro, mi novia fuma junto a la puerta. Al mirarme sonríe con naturalidad. Tengo tanto que decirle que prefiero no decir nada. Ella me corta el paso y me planta un beso. Me explica que no llevó el cargador del teléfono a casa de su abuela. Tiene la consideración de preguntar si me pasa algo. Ya siento que los ojos se me humedecen y el pecho se me anuda. Le digo que solamente estoy desvelado, que anoche fui a un bar, pero también aprovecho para expresarle, en cuatro palabras, lo detestable que me parece. “B”, grita desde la puerta mientras le doy la espalda y sigo mi camino, “vení aquí y explicame de qué estás hablando”, pero ya estoy en la calle, entumecido por el calor y el rugir del tráfico.

Abro mi billetera y descubro que no tengo efectivo. No puedo tomar un taxi. Desde el tarjetero se asoma la foto de mi madre. Ya son siete meses —pienso— de convivir con el recuerdo de las semanas en la Unidad de Cuidados Intensivos, del ataúd y la fosa abierta a la que la entregamos. Pero sudo y camino, cómodamente entumecido, hasta que diviso, duplicada sobre espejismo, la parada de buses.

*

Pese a sus exploraciones en la subcultura hippie, siempre tuvo una constante y marcada vocación militar. Por razones evidentes, nunca se sumó a la Guardia de Somoza.

Durante sus años en Big Pink no dejó de recibir cartas de su hermano menor, quien se había unido al Frente. Le contaba, con fervor revolucionario, las novedades de la lucha y lo invitaba a regresar y sumarse. Él, sin embargo, no buscaba escaramuzas urbanas ni combates en la montaña; él anhelaba ser una máquina letal e infalible con un objetivo único. Por eso no la pensó mucho cuando un familiar le planteó la posibilidad de optar por la ciudadanía estadounidense alistándose en el ejército, lo cual se traducía en múltiples beneficios. Cuando le habló sobre su decisión a la muchacha de Oregon, de quien ya estaba enamorado, lo tachó de “hipócrita”, “cerdo guerrerista” y “asqueroso mercenario”; pero ella también estaba irremediablemente enamorada. Él ingresó al ejército en abril del 73, y no dejaron de verse.

*

Managua es un cadáver insepulto. La miseria y la apatía que conviven en cada uno de sus habitantes configuran un laberinto terrible bajo los fragmentos de esta ciudad sin memoria. Por lo menos nos queda su cielo inalcanzable al atardecer, cundido de pájaros que asemejan caligrafías vivas de un lenguaje olvidado. De niño creía que ese lenguaje era el de todos nuestros muertos.

Mi padre dio la vida por la miseria de este país. Su dolor y su ira lo empujaron a la obstinada obsesión de vengar a su padre. Yo también he convivido con el dolor y la ira, pero ¿contra quién he de emprender mi venganza? Alguna vez pensé que mi única venganza posible sería acorralar a ese fantasma, revivirlo para perderlo en un laberinto de palabras. Porque nunca valió la pena dar la vida por esta tierra estéril, saturada de sangre; la única diferencia es que hoy podemos estar seguros de ello. Esa certeza es, quizá, lo más valioso que me legó mi padre. Además de sus dos fotografías, conservo un viejo cuchillo de caza con empuñadura de cuerno de venado. Casi siempre lo llevo en el tobillo.

La única persona con quien mantengo contacto, desde que perdí mi trabajo, es G, la pelirroja del bar. Un día la llamé, y empezamos a salir. Nos encontramos ocasionalmente para comer o tomar unos tragos. Ella siempre paga. A menudo cogemos en su apartamento o en el mío. Para los dos está claro que no somos más que amigos.

Aunque nunca nos hemos confiado intimidades, ahora, mientras tomamos una cerveza en un bar sito en la intersección de la pista Miguel Obando y la calle de la casa de Chema Castillo (cuyo armazón me encara desde la acera de enfrente) y sin venir al caso, empiezo a hablar sobre mi padre. Desconozco casi toda su historia, principalmente porque mi madre, temiendo que admirara su ejemplo, nunca me la refirió en vida; entonces hablo sobre lo que pienso de la muerte de mi padre. También hablo sobre mi terrible situación económica. Mi liquidación y mis pocos ahorros me alcanzarán, con suerte, para malvivir un par de meses. Me recomienda buscar trabajo en  otro call center. Explico que prefiero inmolarme antes de regresar a una maquila. “Deberías dejarte de mariconadas —opina mientras pide un cenicero— y buscar cómo poner tu vida en orden, B. Ya no sos un niño”. Lo sé perfectamente, pero eso no hace ninguna diferencia, y así se lo hago saber. “Solamente necesito sobrevivir un par de meses —digo— mientras termino la venta de la casa de mi madre. Con la plata me pienso largar de aquí, establecerme en un país que no sea un total infierno”. La veo pensativa. “Fijate —dice de pronto— que nos acaba de llegar una convocatoria al trabajo. Cuando la vi pensé en vos, pero no estaba segura de enseñártela,  porque tendés a ser muy susceptible con el asunto”. “Sí —espeto— ni me digás... ya sé por dónde va la cosa”, y le repito, por enésima vez, que ya no escribo, y que ni siquiera cuando lo hacía era bueno. “Yo leí tu libro —replica ella—, el de cuentos, y me pareció bueno”. “Qué vergüenza —suspiro—, ¿todavía se encuentra esa cosa por ahí?”. Asiente. “¿Me dejás al menos enseñarte la convocatoria?". “Está bien”, concedo, y prendo un cigarrillo. Ella pone la pantalla de su celular ante mi rostro, donde se leen las bases de la convocatoria: un cuento en letra Arial, a 12 puntos, doble espacio, máximo 20 páginas. Hay dos meses para escribirlo. El premio: seis mil euros en efectivo y una residencia creativa de cuatro meses en Ottawa. Suelto una bocanada de humo que atraviesa la calle como un zarpazo fantasma, hasta que la casa de Chema Castillo lo engulle.

*

Tras concluir el entrenamiento básico de infantería logró conseguir un permiso para viajar a Nicaragua, donde se reencontró con su hermano menor y con el resto de su familia.

La primera noche que pasó en su vieja casa no pudo dormir. Fumó en silencio y por horas en la penumbra de la sala. Al fondo, resplandeciendo oscuridad, un gran espejo lo acechaba. Cuando se levantó para encararlo observó, no con poco asombro, las placas de metal que colgaban sobre su pecho, su rostro adulto y su porte marcial. Al fondo de ese espejo lleno de manchas, el tiempo se encorvaba sobre sí mismo. Taladrando con la mirada sus propios ojos, que ya eran los del fantasma de su padre, reafirmó su juramento.

Cuando regresó de su permiso, solicitó ser considerado en la siguiente Selección de las Fuerzas Especiales. No claudicó ni un segundo en su ardua preparación. Nunca olvidó el motivo profundo que lo movía. Aprobó la Selección e inició el entrenamiento que habría de convertirlo en un Boina Verde. En ese tiempo compartió camarote con un muchacho de Wisconsin que tenía los ojos más tristes que había visto. Por las noches charlaban sobre música; por el día, los movía una sana dinámica de competencia que los llevó a ser los elementos más destacados de aquella promoción. En cierto modo, fueron amigos, pero después del entrenamiento, no se volvieron a ver.

Con el tiempo ascendió a sargento. Se especializó en explosivos, demolición, paracaidismo y tácticas de contra-insurgencia. Fue asignado al 7° Grupo de Fuerzas Especiales, en Fort Bragg, Carolina del Norte, donde permaneció varios años. Luego fue trasladado a Fort Gulick, en Panamá, donde vivió hasta poco antes de la abolición de la Zona del Canal.

Durante los últimos meses de la Insurrección Sandinista, su hermano menor, quien pasó de colaborador a combatiente popular del Frente Sur, fue sacado de Nicaragua luego de ser herido en la toma del cuartel de Nandaime. Tras su recuperación en Costa Rica, el hermano mayor lo invitó a pasar una temporada en Fort Gulick. Ahí vivía con la muchacha de Oregon en un complejo habitacional de varios pisos.

“Pronto voy a regresar”, le dijo a su hermano una mañana que salieron de pesca, mientras el amanecer doraba las aguas del lago Gatún, “pero nada más va a ser para matarlo. Solo así vamos a poder tener el país que nuestro padre quería”.

*

Por las calles de Managua el hambre de los niños corre simplemente, como hambre de niños. No hay en esta miseria estéril nada digno de ser dado a la literatura; nada en mi entorno que me permita eludir la historia que, ineludiblemente, respira al centro de mi laberinto. Sólo me falta el valor para recrear esa historia.

Más de una vez he recibido la llamada de un tío abuelo que me ofrece un pequeño archivo de fotografías, cartas y manuscritos de mi padre. Es el único pariente paterno con quien tengo algún tipo de comunicación. Él fue quien lo ayudó a entrar al ejército de los Estados Unidos en los setentas. Por giros impensables de la política ostentó un cargo diplomático en el gobierno sandinista de los ochenta, y conoció los detalles referentes a su desaparición. Los tres hermanos de mi padre murieron todos relativamente jóvenes, en circunstancias más o menos trágicas, pero fue él quien inauguró la cadena de muertes que orbitan esa muerte anterior. A eso se reduce mi familia paterna: al rastro danzante, impreso en cenizas vivas, de la Muerte engendrando muertes.

*

El día que su hermano menor cumplía veintiséis años, le preparó una cena como las que hacían en casa de sus abuelos maternos. Cuando recién habían llenado sus vasos con ron y prendían un puro cubano, un soldado apareció en la puerta de la casita. “Sir, I bring you terrible news, sir —dijo agitado—.Your country has been taken over by those damn communists” y desdobló un periódico sobre el desayunador. En enormes letras negras se leía SOMOZA DERROCADO. Una foto en blanco y negro mostraba cómo el dictador abandonaba la Casa Presidencial junto a sus allegados, justo antes de huir del país.

Ambos hermanos tuvieron que hacer un enorme esfuerzo para no reaccionar mientras el soldado se encontrase ahí. “¡El Triunfo. Triunfamos, triunfamos!”, empezó a exclamar el menor mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. El mayor estaba paralizado. Los ojos también se le llenaron de lágrimas, pero las suyas eran lágrimas de ira. Justo antes que el menor empezara a hablar sobre cómo su padre por fin podría descansar, cómo su sacrificio finalmente vio su fruto, el mayor le arrancó el periódico de un manotazo y lo aplastó sobre la mesa, estrujando la cara del dictador. “¡Hijo de la gran puta! —estalló de pronto, mientras se desplomaba en un sillón y empezaba a sollozar como un niño—. ¡A este hijo de puta quien lo tenía que matar era yo!” .

*

Hoy G me invita a almorzar. Mientras comemos, le digo que pienso participar en el concurso. Se sorprende y me pregunta sobre qué voy a escribir. Le explico que a los jurados extranjeros suele agradar las ficcionalizaciones de nuestros pintorescos traumas bélicos, reconstrucciones subjetivas de la memoria colectiva, entonces refiero a grandes rasgos la historia que pienso escribir. “Suena aburrida”, opina G secamente. Durante el postre le pido prestado su celular y marco la casa de mi tío abuelo. Se alegra mucho de escucharme; tiene poco menos de noventa años y ya nadie se acuerda de él, se queja, pero apenas entiendo sus palabras. Le explico que necesito acceder a los papeles de mi padre. Me explica, entre toses y grandes esfuerzos, que él entregó todos esos documentos al archivo del Instituto de Historia de la UCA, porque cualquier día de estos se va a morir, y a mí nunca me interesó llegar por ellos. Interrumpo lo que podría ser un largo repertorio de reproches, y le pregunto cómo puedo acceder a ellos. “Solo llegá al Instituto con una identificación —me dice—; como hijo del dueño de los documentos, tenés acceso”.

*

Se despidieron con un largo abrazo en el Aeropuerto Internacional de Tocumen. Cuando el avión sobrevolaba las costas del Xolotlán, cuando ya se veía ondear la bandera rojinegra en la Plaza, ante los retratos de Sandino y Fonseca, una algarabía generalizada se apoderó de todos los pasajeros. La emoción, al menor de los hermanos, no le cabía en el pecho.

El mayor, por su parte, reanudó su vida y las tareas cotidianas de Fort Gulick, pero algo en su ánimo se había dislocado violentamente. A partir de entonces empezó a cuestionar con severidad el rumbo de su vida y a menudo se sentía embaucado. Ponderó el sinsentido en que todo se había tornado de un día para otro. Él, tuvo que admitir, no añoraba la liberación de su patria. Él quería, exigía, su venganza. Un par de meses después, cuando leyó la noticia del ajusticiamiento de Somoza, la frustración se volvió como un ácido que le corroía cada fibra del alma.

*

Durante el día me sumerjo en los sótanos del Instituto de Historia. Por las noches me encierro a escribir en mi apartamento. Como de lo poco que me alcanza para comprar: sopas instantáneas y galletas de soda. Hoy pagué el último mes de renta y no tendré para el siguiente. La noche es una contienda descarnada contra el espectro, cada vez más palpable, de mi padre. Dibujamos dilatados círculos en la habitación, acechándonos, hasta que arremeto. Empiezo el cuento con él, de niño, jurando venganza ante el espectro de su padre en un cafetal de su pueblo (¿usaré acaso un epígrafe de Hamlet?). Busco lo que hay de admirable en esa historia, aunque me es casi imposible. Sorteo el dolor. Cada hallazgo, más que diluirla, dilata mi incomprensión. En una carta que me dejó, y que mi madre logró esconder de mí toda su vida, dice que lo que está a punto de hacer es para darme un país mejor, un país libre. Miro fuera de las persianas y veo el país que he recibido. Trato de apaciguar mi rabia. No he salido en días. Sólo me despego de mi laptop un par de veces en el día para poner una sopa instantánea en el microondas y dejar salir a mis gatos. A ratos olvido que escribo para un premio, pero luego lo recuerdo, entonces empiezo a cuidar la extensión, compacto algunos párrafos, me vuelvo un inquisidor de adjetivos, reduzco la historia a sus rasgos más esenciale. De pronto, se va la luz, pero la batería de mi laptop durará un par de horas. Escribo, corrijo y reescribo. Calo mi cigarro. Casi logro acorralar al fantasma de mi padre. Mi venganza, mantengo en mente, será verlo a los ojos con que no se atrevió a verme antes de morir. Un juego de espejos.

Cuando la alerta de la batería se prende, salgo a ver qué pasa con la luz y descubro que me la han cortado.

*

Durante los primeros años de la Revolución, las cartas del hermano menor se duplicaron en frecuencia. Escribía en una jerga revolucionaria que, según parecía, todos habían adoptado en la nueva Nicaragua. Eran cartas de fervor contagioso. Las leía en su casa de Fort Gulick mientras sentimientos insondables se revolvían en su estómago. El hermano menor ahora era coordinador departamental de la Cruzada Nacional de Alfabetización. Cada carta que le enviaba terminaba reiterando su invitación para que regresara a servir a su patria. “Basta de entregar tu vida al imperio”, escribía. Durante esa época empezó a tener problemas con la bebida. Su vida era cada día más tormentosa. A finales del setenta y nueve, la muchacha de Oregon, con los ojos llenos de lágrimas, le dijo que se largaba. A mediadios del ochenta pidió su baja del ejército estadounidense y, de una vez por todas, regresó a su patria a servir en la Revolución. Un soldado, pensó mientras sobrevolaba la Patria Libre, ya nunca será un hombre.

*

En la penumbra y la inmundicia de este apartamento acecha el fantasma de mi padre. No me perdona haberlo invocado. Se asoma sobre mi hombro mientras escribo y susurra suavemente a mi oído mientras sus vapores de cadáver me erizan la piel. Apenas y escucho sonar mi celular al fondo de sus jadeos espectrales. Escucho la voz de G escurrirse por el auricular; quiere saber por qué no ha sabido nada de mí en meses. Explico que estoy encerrado terminando el cuento para el concurso, según ella misma me había recomendado. Me informa, como si le costara creer que lo ignoro, que la convocatoria cerró hace casi un mes. Le digo, con ironía, lo maravilloso que eso me parece, porque me acaban de cortar la luz, y no tengo plata para pagar el próximo mes, y que en las condiciones que me ha dejado la concepción de ese cuento, lo que mejor me vendría sería una bala en la sien. Me dice, como siempre, que calme mi drama y me pide que me aliste, porque en un momento pasa por mí. Me quedo con el auricular mudo pegado al oído, sin poder rehusarme. Apenas tengo tiempo para enjuagarme la cara y tomar el cuchillo de mi padre. Espero fumando en la calle hasta que se aparece un  BMW azul al que miro con desconfianza. La ventanilla se baja y G dice “montate” desde el asiento del copiloto. Conduce una muchacha de nuestra edad, muy guapa, según alcanzo a ver desde el asiento trasero. G me presenta. La muchacha se llama J. Estudiaron juntas en la universidad y desde entonces son íntimas. Me dice que vamos a una fiesta en casa de J, y que hay algo de lo que me quiere hablar. Asiento, aturdido, con ganas de matarla.

*

Tenía un pequeño punto a favor para su regreso: su primo hermano era uno de los Nueve Comandantes.

Apenas llegó, empezó a trabajar como asesor militar en el Ministerio del Interior. Se dedicó a coordinar y planificar operativos de las Tropas Pablo Úbeda. Vivió con su hermano en una casa en El Crucero. Para esos años se re-encontró con una muchacha que había sido novia suya cuando eran adolescentes en el pueblo. Al poco tiempo, de ese romance nació una niña a quien le puso el nombre de su antigua novia de Oregon.

Nadie sabe decir mucho sobre esos últimos años en Nicaragua. El secretismo y las prolongadas ausencias que le requería su trabajo sumaban distancia a la ya impuesta por el estado de amarga melancolía en que se encontraba desde su regreso. Hacía mucho que su mayor motivación vital le había sido arrancada de las manos por la delirante voluntad de la Historia.

La última vez que lo vieron partir se dirigía a un operativo sobre el cual no le habló a casi nadie. “A vos no te voy a mentir”, le dijo una tarde a su hermano menor, mientras su hija de dos años jugaba en la sala y su mujer, embarazada de su segundo hijo, regaba unas plantas en el patio, “es muy posible que no regrese”. Entonces, antes de repetir las palabras que su padre pronunciara a la última persona que lo vio con vida, hacía tantos años, miró a su propia hija por largo rato. “Mis hijos...”, dijo por fin, “cuidalos”.

*

Hemos llegado a la fiesta. Al menos hay poca gente. Es una casa enorme en las afueras de Managua. En toda la calle hay varios carros de lujo estacionados. La fiesta la ofrecen los hermanos de J, a todas luces dos maleantes sin escrúpulos. Uno mide casi dos metros y me triplica en ancho; habla como si tuviera un retraso y procura ser amistoso. El otro es un poco más bajo que yo, y casi no habla. Todo mundo fuma marihuana importada o hace rayas de coca directamente sobre las mesas. Hay varios policías en el patio y la terraza, pero están aquí para resguardarnos. G me lleva a un lado de la terraza y prende una pipa con hachís. Me dice que ella sabe que de verdad necesito plata, y que únicamente por eso va a proponerme lo que está a punto de proponerme. Yo la miro temiendo una estupidez. “Los hermanos de J”, me explica, “importan drogas dos veces al mes desde Estados Unidos o Europa, que luego distribuyen acá. Pueden traer las cantidades que se les ocurra, porque tienen pasaportes diplomáticos”. Antes que le pueda preguntar por qué tienen pasaporte diplomático, me dice que el papá de su amiga fue un alto funcionario del Ministerio del Interior en los ochenta; que en la segunda mitad de los noventa fue diputado del FSLN y que, actualmente, es magistrado de la Corte Suprema de Justicia y allegado a la cúpula del dictador. “Es un negocio sin riesgos”, me asegura, “si vos les comprás a ellos, ellos te garantizan que no vas a tener problemas con la policía”. Lo peor es que no me parece una mala idea. Quiero saber más detalles. G me dice que podré hablar con ellos más tarde y, como si hubiese adivinado lo que estaba a punto de decir, se ofrece a prestarme el dinero para la inversión inicial. No hay razón para rehusarse.

*

Tenía treinta y tres años, la misma edad que su padre cuando fue asesinado. Eso era todo lo que su hermano menor repetía mientras pasaban los meses y el mayor no regresaba. El operativo consistía en tomar una base Contra instalada en El Aguacate, del otro lado de la frontera hondureña, donde también se encontraban varios asesores norteamericanos. Más que una misión suicida, era una misión a ciegas. Antes del primer mes se extraviaron. Al poco tiempo se quedaron sin provisiones. Algunos empezaron a enfermar. Él fue asesinado ya muy cerca de la base, en el centro de la selva, junto a los últimos cinco sobrevivientes de su tropa.

Lo último que vieron sus ojos, el último pensamiento que atravesó su mente nos están vedados para siempre. Aquí, sin embargo, pondré una luna roja, en cuarto menguante, fragmentada por la selva. Una bala que disparó aquel muchacho de ojos tristes de Wisconsin, con quien compartió los meses de su entrenamiento, y que ahora asesoraba la base de El Aguacate, le partió la yugular. Cuando el muchacho de Wisconsin reconoció el cadáver, se horrorizó al pensar que había matado a uno de sus infiltrados.

*

La fiesta ha terminado. Logré acordar una cita con los hermanos de J para comprar las drogas la semana siguiente. Mientras hablamos y varias muestras de su mercancía yacen sobre la mesa, la puerta del cuarto en que nos encontramos se abre. La ancha figura de don X, el magistrado, se impone en el marco de la puerta. Mi susto es tal, que casi salto por la ventana. Pero luego de tomar el churro que uno de sus hijos le alarga, la atención de don X, más que en las drogas, se enfoca en G, o en las largas piernas de G. “¿Y quién es esta preciosura?”, pregunta, evidentemente borracho, mientras le toma la mano para besarla. “Es una amiga de J, viejo”, responde uno de los hijos, “si querés hablar con ella, llevátela, pero aquí no estés jodiendo, que estamos haciendo negocios”. G está paralizada. El magistrado se queda un rato viéndola con una sonrisa de impudicia mientras mece un vaso de whisky en su mano. Antes de irse, le aparta un colocho rojizo que le cae junto al labio, y le dice que pronto la quiere volver a ver.

Mientras salimos, veo que G está descompuesta. En la terraza descubrimos a don X hundido en un sillón. Las sombras que lo envuelven parecen una placenta de alquitrán. Un policía aparece de la nada y toma del brazo a G mientras otro me conduce hacia la salida. “Nosotros llevamos a la señorita”, me informa el que me lleva. Entonces me tiran al camino de hormigón y me dicen que tengo un minuto para correr. Cuando me agacho para sacar mi cuchillo descubro un luna roja, fragmentada por las ramas de los árboles. Ante los cañones a punto de estallar, apretando la empuñadura de cuerno de venado, recuerdo unas líneas que leí hace mucho y, amargamente, pondero dos verdades: primero, que este acto casi instintivo me compromete a pelear; segundo, que el arma en mi mano torpe no servirá para defenderme, sino para justificar mi muerte.

 

Managua-2015