El sandinismo como cultura (I)

«Se puede señalar una crisis entre ideología revolucionaria y pragmatismo político tanto en orteguistas como renovadores y sandinistas a secas».

Foto de Grethel Paiz.

Advertencia preliminar

 

But the film is a sadd'ning bore

'Cause I wrote it ten times or more.

It's about to be writ again

David Bowie

 

 

El trabajo que se presenta a continuación es un ejercicio de investigación y crítica ciudadana totalmente independiente.

Algunos lectores compartirán con quien teclea estas líneas la extraña sensación de vértigo histórico que produce el intuirse como parte de una película que se ha repetido incontables veces, pero que no se comprende por completo; hablo, por supuesto, de aquellos que, como un servidor, fuimos niños en la a menudo inexplicable Nicaragua de las décadas del 90 y el 2000, y que a partir de abril de 2018 hemos sobrevivido a una de las peores crisis políticas y humanitarias acaecidas en nuestra historia. Es desde y hacia esa incomprensión que se dirigen estas líneas.

A partir de los primeros días de las protestas, algunos vimos, con un sentimiento que equidista al asombro y al escepticismo, resurgir expresiones culturales y político-organizativas particulares del sandinismo, esta vez en franca resistencia ciudadana y autoconvocada contra los embates de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo. El asombro se explica porque participan de ellas generaciones que, se ha asumido, carecen de educación política y han sido tradicionalmente apáticas hacia la realidad social del país[1]. El escepticismo, porque tales expresiones, además de ser en apariencia meramente formales y desprovistas de sus rasgos y funciones ideológicas, se manifiestan en sincretismo con otras expresiones culturales tanto conservadoras y nacionalistas[2] como neoliberales[3] que neutralizan su carácter subversivo y posibilidades de verdadero empoderamiento ciudadano, siendo, como hemos visto, fácilmente re-significadas y re-dirigidas, en tanto fuerzas sociales, por las cúpulas que ostentan los medios de representación política y de re-producción mediática y que suelen obedecer a un cálculo pragmático basado en sus intereses.

Por otro lado, las redes sociales y el Internet son un fenómeno cultural y político cuyo impacto, en países como Nicaragua, sigue siendo incalculable y tiene alcances inusitados. Muchas de las formas de organización, comunicación y circulación de la opinión pública que dieron su carácter atuo-convocado y sorprendentemente anárquico a las insurrecciones cívicas de abril, mayo y junio en toda Nicaragua son la prueba de ese impacto y ese alcance. Además, el archivo que la red representa para la memoria histórica y cultural de las nuevas generaciones es, a la par de sus posibilidades para la movilización y la participación política activa, una de las más grandes utilidades que nos puede ofrecer. Gracias a ello, la reflexión que ahora se presenta ha sido posible en condiciones de absoluta represión, donde incluso la visita a los pocos archivos, hemerotecas y bibliotecas que se encuentran funcionando, para consultar el tipo de temas que interesan para el fin de estas líneas, puede representar un peligro, así como lo representa casi cualquier actividad cultural, artística o intelectual abiertamente crítica al régimen Ortega-Murillo que se lleve a cabo desde dentro de Nicaragua; es por lo mismo que esta reflexión presentará evidentes faltas, limitaciones, errores, omisiones y equívocos que, esperemos, podrán ser enmendados en una edición posterior y definitiva.

A como se presentan, estas líneas no han contado con más insumo que una conexión a internet, una computadora portátil, algunos libros viejos y la organización y consagración del tiempo dedicado a ellas. Su carácter provisional e imperfecto también debe comprenderse como una oportunidad para que esas flaquezas sean atacadas y rectificadas; y, de esa forma, generen un diálogo a partir de algunos de los temas que aquí se proponen. Esa es la otra virtud de la red: la capacidad que ofrece para diseminar esfuerzos independientes y auto-gestionados de este tipo y hacerlos circular por debajo del radar de la represión, la vigilancia y el terrorismo de Estado.

La ruta que se pretende trazar a lo largo de las cuatro entregas previstas para este trabajo empieza con Sandino y culmina en julio de 1979, con el derrocamiento de la dictadura de Somoza, y busca reflexionar sobre los principales hitos culturales que surgieron del proceso insurreccional sandinista durante su época clandestina. En la presenta entrega, se ensayará una introducción que tratará de marcar algunos linderos conceptuales por los cuales habrá de circular este trabajo; también se iniciará un recorrido por algunos aspectos culturales que incidieron en la confección de Sandino como mito fundacional del FSLN. La segunda entrega terminará de cubrir otros antecedentes culturales al FSLN, sobre todo los movimientos universitarios de los años 30 y 40 del siglo XX, el movimiento reaccionario de Vanguardia granadina, la recuperación del fantasma de Sandino en la generación del 40 (especialmente por Ernesto Cardenal, su evangelista mitológico por excelencia), así como la confección ideológica del exteriorismo y su transmisión generacional, también aspectos culturales en los antecedentes armados que dieron su tono y modalidad a la cultura guerrillera del FSLN, y culminará hasta su fundación. En la tercera y cuarta entrega recorreremos al sandinismo como un movimiento artístico, político y contracultural en sus diferentes expresiones entre 1961 y 1979.

Quien registra estas líneas, finalmente, quiere aclarar que no es un académico, sino un escritor y, más todavía, un nicaragüense que, desde su oficio y su área de actividad, trata de buscar nuevas luces en la más unánime y solitaria oscuridad.

            MGA

12 de enero de 2019

 

1. Introducción

 

En la Nicaragua post-revolucionaria ya es lugar común distinguir, al menos coloquialmente, sandinismo de orteguismo; quienes plantean tal distinción suelen haber dejado de militar o simpatizar, en distintos momentos y por razones diversas, con el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN). Por su lado, también es común entre aquellos que sí se identifican como militantes del FSLN no admitir distinción alguna: el sandinismo, desde la disciplina militante, es uno (o sea, D.O.S.). Los primeros, por disentir del sandinismo oficial, suelen atribuirse a sí mismos una suerte de superioridad moral o solvencia política implícita sobre los segundos. Ambos, sin embargo, coinciden en acusar al otro de traicionar, por oportunismo, los principios e ideales del sandinismo.

Pero si vemos la distinción un poco más allá de lo coloquial, ésta podría traslucir una ruptura de fondo producto de la existencia de dos formas antagónicas de sandinismo: la primera responde al desarrollo orgánico del sandinismo en tanto corpus y praxis ideológica incorporados (ya por simpatía o antagonismo) a la cultura política nicaragüense; la segunda tiene que ver con los balances políticos y éticos producto de las vicisitudes estratégicas y flaquezas morales que el FSLN, en tanto estructura partidaria-familiar-estatal, ha sufrido en su lucha del poder por el poder, por el otro.

Es por ello que en esta introducción trataremos de aclarar algunos aspectos de dicha ruptura, en su dimensión cultural y aspirando situarla más allá del estrecho ámbito de la mera polarización y las pasiones partidarias.

 

Sandinismo cultural y sandinismo funcional como formas de la cultura política nicaragüense

 

En más de una ocasión, el conflicto interno del sandinismo ha sido denunciado por voces opositoras a la hegemonía orteguista como una crisis de identidad del FSLN, producto de la deriva ética e ideológica en que el partido se encuentra desde su secuestro por Daniel Ortega[4]. Sin embargo, los acontecimientos han demostrado en más de una ocasión de qué manera la disidencia sandinista también participó y sigue participando de dichas derivas éticas y flaquezas morales, contribuyendo también al proceso de desfiguración que, de forma desconcertante, ha emparentado al sandinismo, en casi todas sus variantes, con los valores más rancios de la cultura política tradicional que antaño luchó por subvertir.

Se puede señalar, más bien, una crisis entre ideología revolucionaria y pragmatismo político que afecta transversalmente tanto a orteguistas como renovadores y sandinistas a secas. Crisis que además ha provocado coyunturas de gran influencia tanto en la cultura política nacional —más allá del circuito interno de la ideología o del partido sandinistas— como en la naturaleza y percepción ciudadana del Estado y de sus posibilidades de participación en éste durante las últimas décadas.

Se podría proponer, a la vez, que la crisis de identidad del sandinismo actual trasluce otra crisis más profunda y antigua, que obedece al carácter orgánico y la constitución ecléctica del aparato cultural del cual derivó la praxis sandinista y buena parte de la praxis política, en el sentido más amplio del término, de la sociedad nicaragüense desde las décadas del 60 y 70.

De ahí que las siguientes líneas también exploren —poniendo de lado lo estrictamente funcional del sandinismo (en el sentido de los mecanismos políticos directos, lícitos e ilícitos, empleados por el FSLN en su pugna por el control de los poderes del Estado), y de manera provisionalmente esquemática— algunos fenómenos culturales que ejercieron una influencia determinante en la experiencia del FSLN durante sus distintas etapas: esto es, los modos de interacción de algunos elementos organizativos, artísticos y letrados que a lo largo de las décadas fueron constituyendo y transformando el aparato cultural sandinista o, en su sentido expansivo, el sandinismo cultural.

También orienta estas líneas la intuición de que, una vez más, el acercamiento a formas de resistencia cultural que efectivamente coadyuvaron a la transformación y movilización de las conciencias de un sector influyente de la sociedad[5] contra la represión y el autoritarismo de la dictadura somocista podría ser útil para la reflexión sobre las posibilidades y limitaciones de nuevas formas de resistencia cultural en la Nicaragua de hoy (post-revolucionaria y globalizada, socialmente arrasada por 28 años de políticas y cultura neoliberales, llena de duelos no resueltos, y que cierra la segunda década del siglo XXI en el contexto de un autoritarismo y terrorismo de Estado, con expresiones de brutalidad nunca antes vistas, que es resultado directo de la agudización de la crisis del sandinismo en su modalidad funcional). También intuimos que una comprensión del desarrollo cultural del sandinismo podría explicar algunos aspectos de la situación actual.

El sandinismo cultural, para bien y para mal, para gustos y disgustos de la sociedad nicaragüense, constituye de hecho un elemento constitutivo de nuestras dinámicas políticas, y por tanto vale la pena comprenderlo e incorporarlo al imaginario social como una de las muchas y diversas tradiciones e identidades que co-existen en el país[6], pero distinguiéndolo, en la medida de lo posible, de su modalidad estrictamente funcional y política. Cabe, por tanto y para fines del esquema, delimitar de manera más clara esa distancia dinámica (o dialéctica) que se ha impuesto entre cada forma de sandinismo.

 

El sandinismo funcional/contractivo como simulacro del sandinismo cultural/expansivo

 

En cinco de los doce aforismos que abren el manifiesto político-mediático de 2003 titulado Entre la identidad y la imagen, Rosario Murillo enuncia en los siguientes términos su tesis sobre la crisis que atravesaba para entonces el FSLN como partido de oposición:

–...En el sandinismo no hay crisis de identidad[7], sino de crecimiento ./.

–...El sandinismo es una realidad rica y expansiva que no hemos podido apreciar, valorar o incorporar, porque las formas han permanecido invariables, estáticas, estancadas y contraídas ./.

–...El sandinismo como riquísimo y complejo fenómeno cultural y político-social, nos ha venido desbordando... ha crecido más, y más rápido que nosotro(a)s ./.

–...Hay un desfase instrumental clave entre el SANDINISMO (amplio, expansivo) y la forma funcional (el FSLN cerrado, contractivo) (…) ./.

–...El sandinismo, como expresión amplia, ha desbordado al FSLN como modalidad funcional ./.[8]

Los aforismos citados no sólo rompen un silencio literario sostenido por 23 años[9] por una de las voces poéticas más interesantes de su generación; también son el preludio a la re-formulación ideológica, estética y mediática del FSLN y de Daniel Ortega que culminó con su retorno al poder en 2007; y, sobre todo, diagnostican de forma lúcida y escueta una tensión y un desgarramiento que, como decíamos antes, trascienden al sandinismo y afectan el tejido social nicaragüense y sus formas de hacer política; tensión que tiene su origen en el carácter de ruptura y distancia respecto a la cultura política tradicional que marcó el fenómeno (contra)cultural sandinista y su apropiación pragmática por el FSLN, en tanto organización “funcional” en la pugna por el poder a partir de las décadas del 60 y 70.

Esta tensión entre los modos de sandinismo señalados por Murillo es natural si se toma en cuenta que la “experiencia política del Frente Sandinista [fue] creada no solamente para tomar el poder y no solamente para cambiar política, social y económicamente Nicaragua, sino también para cambiar la perspectiva ética, moral, cultural del país y su pueblo”[10]. Consecuentemente, la tensión deviene en crisis cuando muchos de los elementos éticos y morales constituyentes del aparato cultural sandinista (que facilitaron la articulación y movilización de sectores anti-somocistas ideológicamente antagónicos entre sí) empiezan a entrar en conflicto con las decisiones tomadas por el FSLN en tanto proyecto de transformación política, económica y militar del Estado y de la sociedad tras la caída de Somoza[11]. Finalmente, la crisis deriva en fraccionamiento y debacle política tras la derrota de 1990, “una derrota electoral que llevará a una temporada de 'pactismos' que acabará con la anomalía sandinista y abrirá la puerta a algo que podríamos considerar —con gran dificultad— su simulacro”.[12]

En este sentido es que la distinción que hace Murillo entre sandinismo en tanto “fenómeno cultural y político-social” que opera como “una realidad rica y expansiva” en la sociedad nicaragüense, y el FSLN como estructura de modalidad funcional resulta útil para comprender este proceso de ruptura interna y, sobre todo, su carácter profundamente cultural.

Resulta a la vez harto esclarecedor un artículo de Ricardo Coronel Kautz, publicado por El Nuevo Diario el 27 de septiembre de 2005[13], para comprender el giro radical llevado a cabo por el FSLN en su estrategia de recuperación del poder, consumada en las elecciones de noviembre de 2006:

La ética, desde la perspectiva marxista, no es más que un prejuicio burgués usado como arma para el monopolio de la política […] la política en el mundo real, fuera y dentro de los partidos políticos tradicionales, especialmente en el mundo del capitalismo salvaje, no es más que el juego de la demagogia, la manipulación, el manoseo, el engaño, la venta de ilusiones, la trampa, el jueguito, la compra y venta de voluntades, el chantaje, el cinismo, las coimas, los pactos prebendarios, el nepotismo, la llamada corrupción, el abuso de la palabra y tráfico de influencias, la media mentira y media verdad, y todo lo demás. Y es que así es, no puede ser de otra manera, es algo consustancial e inextricable del sistema, es el juego del sistema, es el sistema […] El FSLN, contrario a sus principios, ha tenido que aprender ese juego […] Para el frente ese aprendizaje es un riesgo grave porque ha aprendido algo fuera de su esencia, que logra resultados tácticos indispensables y que lo puede desfigurar permanentemente, pero que es necesario para sobrevivir. En otras palabras, si no lo hace, desaparece. De tal manera, que en este juego, como en todos, el fin justifica los medios.[14]

En este caso, el fragmento citado es tan inusualmente transparente y honesto que hace su propia crítica, dejando poco que comentar. Anotemos, sin embargo, la forma en que Coronel Kautz pasa por alto de manera delirante (o insinúa con imperturbable desfachatez, no se sabe bien) una conclusión lógica y evidente: que al aprender ese “juego”, el juego del oportunismo político y la corrupción, el sandinismo, lejos de evitarlo consuma el riesgo de desaparecer, al menos del FSLN. Cuando Coronel Kautz afirma que el FSLN, para que el sandinismo sobreviva, ha tenido que optar por un camino que no sólo es diferente al del sandinismo, sino que también lo coloca totalmente “fuera de su esencia”, sólo quiere decir que, para sobrevivir, el FSLN ha tenido que sacrificar y echar de una vez por todas al basurero de la historia el lastre que la ética, el compromiso y la moral revolucionaria representan para la consecución de sus fines políticos en el contexto de un mundo donde, desde la caída del Muro, el capitalismo global marca las pautas de la política y la moral, y donde el pragmatismo es el único criterio ético admisible.

La depravada honestidad y el espíritu entreguista con que Coronel Kautz justifica este giro ético del “sandinismo del siglo XXI”[15] se puede sintetizar con mejor suerte literaria, y con un poco más de pudor, en una cita de Francisco Umbral que Rosario Murillo usó dos años antes como epígrafe para Entre la identidad y la imagen, según la cual “la izquierda tiene casi toda la razón, pero la derecha tiene las formas, y las formas, en política, como en poesía, a veces son el fondo”[16].

 

La forma es el fondo: transfiguración estética y mercadológica del sandinismo funcional

 

El proceso de corrupción ideológica del FSLN data de mucho antes que los textos de Murillo y Coronel Kautz, pero sólo empieza a ser asumido públicamente como una necesidad estratégica y a ser formulado con claridad cuando el partido entra en su etapa “cristiana, socialista y solidaria”, donde nuevos elementos y valores culturales (planteados de forma programática en Entre la identidad y la imagen) son vertidos abruptamente al imaginario sandinista configurando así, sobre todo en lo estético y lo mediático, un nuevo aparato cultural del FSLN.

“Necesitamos una nueva simbología, representativa del quehacer múltiple y diverso, y de la creatividad sandinista en este siglo”, afirma Murillo en su documento de 2003, “un nuevo imaginario que nos ayude a disipar fantasmas de tiempos idos y trascendidos”[17]. Ese imaginario se debía articular, en lo operativo, como un nuevo aparato cultural (y mediático) del FSLN que respondiera a las interrogantes planteadas en el mismo documento, un par de páginas más adelante: “¿Qué piensa nuestro target?” (y aquí es inevitable recalcar el énfasis sobre el término que elige la actual vice-presidenta para referirse a las bases de votantes), “¿qué siente? ¿Cómo nos ve? ¿Cómo ve a nuestros opositores? ¿Cuál es su estado de ánimo? ¿Cuáles son sus temores? ¿Sus necesidades? ¿Sus problemas? ¿Sus deseos? ¿Cuáles son nuestras fortalezas y debilidades?”[18]. Esta refundación mercadológica de la marca-partido FSLN y esta apuesta por los mass media demuestra una convicción y optimismo de Murillo hacia las capacidades de la cultura neoliberal de mercado para conducir las voluntades políticas de la sociedad; también demuestra una comprensión sensible del estado de la cultura nicaragüense, apuntada a explotar los temores y necesidades de las masas del mismo modo y por los mismos medios que lo hace la publicidad.

La diferencia entre sandinismo cultural y sandinismo funcional se puede terminar de ilustrar, de forma material y sensible, sin abstracciones conceptuales, en la diferencia visual perceptible entre “la estética rojinegra y la atmósfera marcial”[19] tradicionales del FSLN y la nueva paleta de “los colores de una otra época, todavía por descubrirse e inaugurarse”[20] del murillismo; la diferencia también se puede captar literariamente en una lectura comparada entre los poemas de juventud de Rosario Murillo, de circulación entonces clandestina o leídos en protestas en las gradas de las iglesias, y sus mensajes diarios a la nación, como vice-presidenta de la República; también entre el traje verde olivo del Daniel de los 80, con el cual hablaba de la necesidad de la defensa de la revolución por las armas, y las camisas blancas de cuello nerú de los 2000, con las cuales hablaba de paz, reconciliación y amor a Cristo (ya observaba Murillo, sobre la imagen de Ortega durante los 90, que “ciertamente no favorece las necesidades electorales del partido, el verlo con un mortero y con un cintillo en la frente”[21]); finalmente, la diferencia entre la estética del sandinismo cultural y la fabricada por el sandinismo funcional se puede contrastar, hoy en día, en el Parque Nacional Loma de Tiscapa, donde el visitante podrá apreciar la quieta pugna simbólica de dos monumentos: por un lado, la silueta negra de Sandino diseñada por Ernesto Cardenal y, a escasos metros de distancia, casi duplicándola en estatura, un “árbol de la vida” blanco, diseñado y mandado a instalar, décadas después y desde el poder alcanzado gracias a la liquidación ética del sandinismo, por Murillo. Pero bajo la quietud de ambos monumentos, en las celdas de Auxilio Judicial de la Policía Nacional, hoy en día, todavía se mueven y arrastran cuerpos destrozados por la tortura y el horror político, cuerpos que serán desaparecidos tras largos lamentos ininterrumpidos que fluyen y se empozan en esos sótanos sin tiempo como una corriente subterránea que (bajo las ruinas y los escombros de los símbolos y las enunciaciones históricas, de las batallas culturales, los postulados ideológicos y las promesas de un futuro mejor) parece ser lo único real, invariable y, hoy más que nunca, urgente de nuestro devenir histórico.

 

 

Bibliografía

 

Coronel Kautz, R. (2018). El fierro político de los sandinistas. Recuperado de http://rebelion.org/noticia.php?id=248787

Murillo Zambrana, R. (2003). Entre la identidad y la imagen. Managua: Consejo de Comunicación y Ciudadanía.

Pérez Baltodano, A. (2005). Un retrato de los partidos políticos (2) La izquierda necesaria para el país posible. Recuperado de: http://www.envio.org.ni/articulo/3054

Pérez Baltodano, A. (2010). El pensamiento de PJCh frente a nuestra (in)moralidad. Recuperado de: https://confidencial.com.ni/archivos/articulo/2067/el-pensamiento-de-pjch-frente-a-nuestra-in-moralidad

Tinelli, G. (2016). La cultura política del sandinismo: nacimiento, desarrollo y realineamiento de una anomalía política centroamericana. Universidad Complutense de Madrid.

 

 

Notas

 

[1]    Pensemos en quienes hemos crecido en Nicaragua a partir de 1990, sin experiencia directa del proceso revolucionario, de los conflictos armados, de la situación de crisis política y económica que atravesaba el país en la segunda mitad de los 80, justo antes que naciéramos; los que crecimos conociendo únicamente aquella Nicaragua de post-guerra, de ajustes estructurales, de proliferación de la pobreza y la inequidad social, de trauma post-revolucionario, de TLC y TV por cable, de los pactos y re-pactos, de la circulación de marcas y mercancías culturales y de la cultura del marketing, de McDonald's y estaciones de servicio, del boom del turismo extranjero y la externalización de maquilas, del internet, de las alianzas corporativistas entre gobierno y sector privado y del crecimiento económico sostenido, de malls y call centers, de la eliminación de las posibilidades de participación y movilización política, del secuestro del Estado y todos sus poderes, de la represión a cualquier intento de protesta, y un largo etcétera

[2]    Por ejemplo, la virgen María ocupando lugares que antes hubiese ocupado la imagen de Sandino o Fonseca Amador, como en el caso de la disputa por la colocación de la virgen en la rotonda de Ticuantepe, o la disputa por los colores de la base de una estatua de Sandino en Niquinohomo

[3]    Por ejemplo, la proyección que hizo la opinión pública de una dirección nacional o una coalición opositora comprometida con la restitución de la justicia para amplios sectores sociales del país en lo que apenas era la misma asociación de cámaras empresariales —que un mes antes se repartía el país en la misma mesa que Ortega-Murillo—, acuerpadas por un grupo de ONG y estudiantes que se auto-proclamaron movimientos estudiantiles —sin jamás haber tenido intención siquiera de llevar a cabo procesos de consulta u organizativos de ningún tipo entre el estudiantado, y que se han limitado a operar como cajas de resonancia de las posturas de quienes tienen el poder económico dentro de la, ahora, Unidad Azul y Blanco—.

[4]    Desde esas posiciones han alzado sus voces públicas intelectuales y políticos que solían militar en las filas del partido y que, casi siempre, menos por convicción ética que por cálculo pragmático, han tomado diferentes posiciones en la disidencia y la oposición a raíz del progresivo control orteguista del poder interno de las estructuras del partido. Sin embargo, se suele presentar una enorme dificultad teórica y humana entre las figuras públicas sandinistas, tanto orteguistas como disidentes o renovadoras, para llevar a cabo una verdadera autocrítica respecto a las brutales contradicciones y violentos excesos perpetrados por las cúpulas del sandinismo entre, al menos, 1979 y 1990, y de las cuales participaron directamente; en gran medida esa incapacidad se podría deber a que muchos, en ambos bandos, siguen disfrutando al día de hoy de los beneficios, materiales y profesionales, alcanzados desde el poder; o a que una verdadera crítica sistémica del status quo post-revolucionario podría comprometerlos en más de una forma.

[5]    Aunque, como veremos luego, eminentemente urbano, mestizo, liberal, de clase media, joven, con acceso a educación superior y a productos de consumo cultural, y de conciencia fundamentalmente católica y patriarcal.

[6]    En artículo de 2018, a propósito de las rebeliones acaecidas a partir del 18 de abril, Ricardo Coronel Kautz, de quien hablaremos a continuación, afirma que “mientras las élites socio-económicas nicaragüenses no acepten plenamente, con realismo histórico genuino al sandinismo, como una fuerza política permanente e inextricable dentro de la sociedad plural nicaragüense, será casi imposible una convivencia armónica y pacífica, una legítima reconciliación, dentro de nuestro inescapable espacio geográfico” (Coronel Kautz, 2018). Lamento coincidir con la declaración de Coronel Kautz, salvo que propondría la variación de dos términos del enunciado: sustituiría élites socio-económicas, por sociedad nicaragüense; y fuerza política permanente e inextricable, por fenómeno culutral dinámico y expansivo, lamentando esta vez coincidir con una reflexión realizada por Rosario Murillo en 2003, que también comentaremos a continuación.

[7]    Todos los énfasis son, en caso de señalarse lo contrario, adhesión de su servidor. Nota del autor.

[8]    Murillo Zambrana, 2003. (p. 4)

[9]    Luego de que en la década del 80 su pluma desbordara los suplementos culturales con artículos en el contexto de una violenta querella contra Ernesto Cardenal, y desde que en 1990 lanzara su sexto poemario, Las esperanzas misteriosas (Managua: Editorial Vanguardia).

[10]  Tinelli, 2016. (p. 19)

[11]  El FSLN ha agudizado esta crisis en sus relaciones con el Estado primero desde el poder (sobre todo en el ámbito de la implementación de las reformas agrarias y el conflicto armado Contra y la institucionalización de las formas de participación política en la vida privada de los individuos, así como en la institucionalización de políticas culturales y de participación ciudadana totalmente verticales y de políticas económicas irresponsables e ideológicamente contraproducentes), luego desde la oposición (en las negociaciones y pactos con los gobiernos de turno, una política dual ante las protestas, las tensiones con grupos de re-armados, la total instrumentalización de las estructuras de base y sindicales establecidas en el período revolucionario), y ahora una vez más desde el poder (retomado gracias al pacto con los círculos más espurios del neo-somocismo local, y que de nuevo entra en conflicto con ese sandinismo expansivo y cultural como resultado de las políticas económicas de un corporativismo de Estado con que la alianza entre FSLN, cámaras empresariales y gran capital fue avasallando y demoliendo las posibilidades de institucionalidad, de construcción de espacios de participación democrática, de organización social independiente, y administrando a discreción los aparatos represivos, armados y legales con todo lo que se interpusiera en el reparto de prebendas, concesiones, exoneraciones y demás intereses de las cúpulas pactantes).

[12]  Tinelli, 2016. (p. 19)

[13]  Andrés Pérez Baltodano lo califica como “uno de los artículos de opinión más ignorante publicado en la historia de la prensa escrita nicaragüense” (Pérez Baltodano, 2005) y que además “representaba un nuevo y más bajo nivel de corrupción en la historia del discurso político en Nicaragua” (Pérez Baltodano, 2010). Por otro lado, Giorgio Tinelli afirma que dicho artículo constituye “el epílogo despiadado de un camino que comienza en 1927 con el rechazo del Pacto del Espino Negro por parte de Augusto C. Sandino y termina en 1999 con la firma del pacto libero-sandinista” (Tinelli, 2016, p. 18) entre Arnoldo Alemán y Daniel Ortega

[14]  Coronel Kautz, R. en Tinelli, 2016 (p. 16)

[15]  Murillo Zambrana, 2003. (p. 15)

[16]  Ídem, p. 1

[17]  Ídem, p. 33

[18]  Ídem, p. 35

[19]  Ídem, p. 9

[20]  Ídem, p. 33

[21]  Ídem, p. 24