Oficialmente loco

«Mientras miraba su carita pegada a mi teta, pensé que me parece una locura que ahora soy esposa, hija, madre».

Foto de Luigi Esposito Jerez (ver galería completa en Álastor).

Viernes, 28 de julio, 2017


 

Ha sido difícil poder escribir. Fue difícil hacer el tiempo con mi suegra en la casa. Creo que me ha costado digerir que ahora la familia de Juanca es mía. A veces me veo la mano y se me hace mentira que tengo un anillo que me une a él. Para siempre, dijo el cura. Tengo que mirar las fotos de nuestra boda, que se me hace tan lejana aunque fue apenas hace un par de años. Las veo y me siento culpable de no sentirme diferente después de la ceremonia. Lo que recuerdo es el cansancio de esa noche, a don Carlos haciéndonos comentarios “picantes” de la noche de bodas. La mamá de Juanca, Doña Carmen, se casó joven y virgen y siempre me lo sacó en cara. Es fácil casarse joven y virgen a los 18 años. No me imagino con Mía Marcela en los brazos a los 18 años porque me recuerdo en la facultad de comunicación social, tomando cerveza casi todos los días con Miguel, Daniel, la Amelia, la Cristina y la Kenia.

Después de casi seis meses de habernos mudado a la nueva casa, seguimos tropezando con cajas. Aparte de la cama, la cuna y la mesa del comedor, todo lo dejamos para “más tarde”. Después nació Mía Marcela y las cajas fueron recogiendo polvo en el cuarto que se suponía sería suyo. Ahí medio se instaló Doña Carmen. Después de un mes y medio del nacimiento de Mía Marcela, Doña Carmen seguía acá en la casa con una disposición casi agresiva a ayudar con la niña. Criticaba mi manera de amamantar, acostada en vez de sentada. “Le van a dar más cólicos a la niña”, decía. Casi que la vuelvo a escuchar quejándose de dormir en el sofá, que no hemos instalado el agua caliente, quejándose de tener que limpiar, quejándose si yo quería dormir un rato, o que si le quitaba los calcetines a la niña. La gota que colmó el vaso fue el domingo en el almuerzo, cuando Don Carlos y Doña Carmen comentaron que Mía Marcela, tan chiquita e indefensa, no debería quedarse al cuidado de cualquiera. Juanca estuvo de acuerdo, aunque ya habíamos discutido que la casa de mi madre sería donde dejaríamos a la niña cuando yo volviera al trabajo. No dije nada. Cuando veníamos de vuelta a casa, peleamos a gritos susurrados en el carro para no despertar a Mía Marcela en su portabebé. Juanca me acusaba de hormonal y malagradecida. Yo lo acusé de machista solapado y de injusto, como que su carrera importara más que la mía. Habíamos hablado de que yo podría tomarme un sabático de dos años, y que él cambiaría de departamento en la oficina para poder trabajar en la casa y ayudar más con Mía Marcela, pero sólo una tarde de los comentarios conservadores de sus padres lo hacían dudar de nuestras decisiones como pareja. Nos dormimos sin darnos las buenas noches, él viendo a la pared, yo del lado del moisés, viendo a Mía Marcela moverse entre sueños.

Juanca y yo despertamos todavía con la resaca de la discusión de la semana pasada, porque le había dicho que ya no quería a Doña Carmen en la casa y se fue finalmente el viernes. Me levanté temprano a hacerle un café. Me senté frente a la computadora, ignorando su presencia del otro lado de la mesa. Él, por su lado, absorbido por su celular. Mía Marcela se despertó llorando y en el tiempo que me tomó alzarla, Juanca se escabulló al trabajo. Siempre hace eso cuando nos enojamos. Huir.

Fue mi primer día sola, finalmente en paz. Me senté en el sofá a amamantar a Mía Marcela y revisé las redes sociales del periódico para pasar el tiempo. Era un lunes de lo típico: una reina de belleza abriendo una boutique, consejos para adelgazar, negocios. Estaba a punto de dejar mi celular, pero una nota aislada me llamó la atención: “Hallan muerto a miembro de la diversidad sexual”. Entré al enlace y reconocí la foto. Era una foto de La Preciosa. Me transportó al 2009, a los tiempos de La Casa Blanca.

Me hubiera gustado llevar un diario entonces, haber escrito más y poder volver a vivir ese año. No sabía que ese iba a ser uno de los mejores años de mi vida. Todavía estábamos en la universidad y la Kenia y la Amelia rentaban un apartamento a medias que colindaba con la Zona Roja. Era nuestro metedero de fines de semana. Teníamos un clóset en común que íbamos rotando por fines de semana. Era cómodo tener un espacio para hablar sólo nosotras, comer chiverías y no preocuparnos por mucho más que nuestros temas de tesis y los chavalos que revoloteaban a nuestro alrededor. Teníamos cierto orgullo de no ir a un bar “fresa”, donde ponían sólo electrónica y las otras muchachas de la universidad se instalaban en la barra a esperar que les compraran de esos tragos horribles dulcísimos que dan goma una semana entera. En La Casa Blanca sólo había cumbia y reggaetón, sólo ofrecían cerveza de litro, servían también una comida horrible que nos parecía exquisita cuando estábamos borrachas. En la barra había un rótulo que decía que los clientes debían abrir sus botellas en la mesa, para “evitar problemas”. Nos sentíamos muy valientes y liberadas porque nuestras compañeras de la universidad nos miraban con burla e incredulidad ir semana tras semana a la Zona Roja. Nos sentíamos de “la calle”, aunque éramos unas chatelas mimadas y nuestros padres todavía nos pagaban la tarjeta para la renta y “cosas de la universidad”. Nos alistábamos todos los viernes en la casa de las muchachas y nos íbamos caminando de ida y de vuelta. Éramos tan recurrentes que muchos de los asaltantes nos advertían cuando otros invadían sus territorios y podíamos correr peligro. Siempre pasábamos por la pulpería comprando tres paquetes de cigarros: uno para mí, uno para las chavalas, que fumaban poco, y uno más para repartir, en un acuerdo sin palabras, entre las prostitutas que pululaban alrededor de esos bares de mala muerte que frecuentábamos en torno a La Casa Blanca. Una de esas prostitutas era La Preciosa.

La Preciosa era chiquita y de facciones finitas y delicadas. Decían que era epiléptica y que miraba cosas, personas y animales que le daban miedo. Tenía una voz suavecita que se endurecía cuando le daban los ataques o se enojaba por mirar cosas que no quería. Algunas de las otras prostitutas le tenían miedo porque decían que era cosa del diablo y estaba poseída. Otras no la querían porque no era “ni hombre ni mujer”, como algo incompleto y en medio. Siempre la mirábamos en la esquina, acompañada por otra muchacha alta y recia, teñida pelirroja. Las mirábamos siempre en la misma esquina, a veces comiendo juntas de un mismo empaque de poroplás, otras veces bebiendo guaro de una botella de plástico a medias, o sentadas sobre cajillas de cerveza, haciéndose trenzas o acicalándose entre ellas. Una noche, con curiosidad periodística, nos detuvimos a hablar con ellas y La Preciosa nos contó que vivía acompañada, que tenía marido. La otra nos dijo que le decían La Estrella, pero en confianza nos confesó que se llamaba Sonia y que ayudaba a su mamá a cuidar de sus hermanos menores. Cuando nos dijeron que tenían 15 años no lo podíamos creer, tenían cara de haber visto muchas décadas pasar. Después de esa noche, cada vez que nos topábamos con ellas, nos pedían la caridad de un par de cigarros y un par de pesitos para “la medicina” de La Preciosa. Poco después descubrimos que la medicina eran piedras de crack, y no era inusual ver sus siluetas semiescondidas en un predio baldío, fumando juntas.

Un viernes de tantos bailongos de cumbia, Daniel llevó por primera vez a Juanca. A todas les pareció guapo, menos a mí. Era excompañero del colegio de Daniel y tenía poco de haber vuelto de los Estados Unidos. Esa noche también conocí a Nicolás, a él lo llevó la Cristina y lo presentó como su primo. Era una noche especialmente llena, y el conjunto en vivo había atraído más público de lo usual y era imposible caminar sin tropezar y derramar el vaso encima de alguien. El piso estaba resbaloso y encharcado con cerveza y sudor. Bailé con las muchachas como siempre, en círculo y con las manos unidas. La música estridente, llevándonos como marea invisible. Sentí una respiración en mi nuca. Era Nicolás. Bailaba detrás de mí, moviendo mis caderas con sus manos.

“Estoy tan enamorado de mi negra preciosa

que cuando se va de casa triste me pongo.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!”.

Ya todas estábamos borrachas. Bailamos así un rato. Y de repente las luces se apagaron.

En ese apagón se hizo un alboroto y nos robaron nuestras carteras. Nicolás me agarró la mano y me digirió a la puerta, me llevó a su carro y, sin pensarlo, me monté. Condujo a un bar en las afueras de la ciudad, una champa en un predio que tenía un billar y una roconola. Nos estacionamos y me dijo que conocía un lugar más interesante y nos internamos a pie en la maleza, él guiando y yo siguiéndolo con los zapatos en la mano. Llegamos a una quinta, Nicolás abrió el portón. Unos perros salieron a nuestro encuentro y me asusté, pero Nicolás les tendió la mano y, reconociéndolo, empezaron a mover la cola. Llegamos a una terraza con piscina y jacuzzi. Se llenó rápidamente y nos metimos desnudos. La música de la champa, a lo lejos, se escuchaba “piensa en mí, llora por mí, llámame a mí, no le hables a él, no llores por él”. Nicolás se acercó a mí, lentamente me atrajo sus brazos. Eran las 5 de la mañana y comenzaba a clarear. De la casa que irrumpimos se encendieron luces y oímos voces. Salimos de la piscina de un brinco, agarramos nuestra ropa y nos adentramos en la maleza. Confundida, busqué mi bolso. Nicolás me dijo que lo había dejado en el bar. De borracha me puse a llorar. Nicolás me quiso abrazar, lo aparté y comencé a caminar por la maleza, sola y desorientada. Nicolás me alcanzó y forcejeamos, me alzó en brazos y me llevó al carro. Me quedé dormida todo el camino, cuando desperté ya estaba en la puerta de la casa de las muchachas. La Kenia salió histérica a recibirme, estaban por llamar a mis padres porque me habían buscado toda la noche. Les dije que no había pasado nada, pero Amelia señaló con burla que andaba el vestido al revés y los pies lodosos.

Juanca sabe poco del tiempo que me persiguió Nicolás. Sólo salimos un par de veces. Pero después me buscaba donde estuviera. Yo ya no quería saber nada de él. Evité ir más a La Casa Blanca, las muchachas no entendían por qué. No quería ofender a Cristina diciendo cosas de su primo. Nicolás no me había hecho nada malo. En ese momento no sabía que con ese año se acabaría nuestra época de oro. Poco después, Kenia se fue a vivir a Estados Unidos, Amelia se regresó a casa de sus padres, Miguel y Cristina admitieron que estaban secretamente juntos y anunciaron que estaban esperando un bebé. En esos días yo ya estaba con otro chico, Esteban, un poco mayor que nosotros. Se acababa de graduar de derecho y trabajaba en el bufete familiar. Era dulce cuando estábamos solos, pero me menospreciaba enfrente de sus amigos. Duramos poco. Aunque estaba con él, Nicolás me venía a buscar a la casa con insistencia, casi todas las semanas. Yo despreciaba todos sus intentos de galantería. Era muy chapado a la antigua, traía flores para mi madre y se la había ganado con sus detalles de caballero. Ella insistía en que le diera una oportunidad, pero yo veía sus ojos verdes rutilar, no por amor, sino por la cocaína, que nunca he admitido a nadie pero probé con él en una de nuestras pocas salidas, una rayita discreta nada más, porque me asustó ese subidón y esa sensación que ahora no puedo describir claramente, como… como tocar a Dios con las manos sucias, diría mi abuela. Esteban no supo nada de eso, y a Juanca le he contado sólo un poco de la historia. Juanca odiaba con pasión a Nicolás, que un par de años más tarde todavía seguía insistiendo. He de admitir que a veces su obsesiva persecución me cautivaba, otras veces me daba miedo. Con los meses sus pupilas se fueron haciendo cada vez más grandes, su olor a alcohol más fuerte. Ya para ese entonces los tiempos de La Casa Blanca habían terminado. En el grupo de chat de las chavalas vivimos un ligero luto cuando cerró completamente en una redada de la policía, desplazando también a las prostitutas de la zona. Fue un símbolo de dejar nuestra alocada juventud atrás.

Para ese entonces Cristina y Miguel ya tenían a su hijo, Cristian. Amelia ya había admitido públicamente que es lesbiana y tenía un tiempo de estar con Helena, y nos la presentó oficialmente en la discreta boda de Cristina y Miguel. Yo por mi parte había encontrado y dejado atrás una pasantía en una revista de economía regional que prometía mucho, pero la necesidad de ganar dinero me había llevado al call center donde reencontré a Juanca. Nos apresuramos en irnos a vivir juntos, decíamos que por amor, pero la plata entre los dos nos daba para vivir en un lugar mejor que los cuartos independientes que rodeaban las áreas universitarias. Fue en los primeros meses de estar con Juanca cuando pensé que Nicolás se había rendido finalmente, pero poco después comencé a recibir llamadas de él de distintos números, suplicándome que le diera una oportunidad. Temía contestar números desconocidos a altas horas de la noche. Siempre era él. Borracho. En tono medio de broma, medio de súplica, pedía verme. No sabía qué pensar, por medio de Cristina sabíamos del desfile de mujeres que pasaban por su brazo y su poco reparo de llevar siempre una muchacha nueva a cada ocasión familiar. Por medio de Cristina también supe que su madre había muerto recientemente y que su única familia era su hermano Matías, radicado en Texas.

Finalmente, sus llamadas cesaron. Respiré tranquila. No sólo por mí, sino por Juanca, que estaba dispuesto a matarlo si no paraba de acosarme. Pasó un año entero, ascendieron a Juanca en el call center, y ya tuvimos dinero para comprar un vehículo y mudarnos a un lugar más cómodo. Todavía no habíamos hablado de casarnos, pero yo ya tenía 26 años y cada vez me sentía más presionada para que nos formalizáramos. Fue unos días antes de que Juanca me pidiera matrimonio cuando recibí una llamada a las tres de la mañana, del último número que tenía certeza que era de Nicolás. Me desperté, pero Juanca no. Vacilé un poco, pero salí del cuarto y contesté el teléfono. Una vocecita alterada me preguntó con urgencia si era familia del dueño del teléfono, dije que no, se oyeron ruidos y colgaron. No supe qué hacer. Pensé en salir, pero ¿a dónde? Juanca se despertó y me encontró en la cocina, alterada. Me preguntó por qué estaba despierta a esa hora. Le dije que había tenido pesadillas.

La noche que Juanca me pidió matrimonio, orquestó un gran evento en un restaurante, el primero al que fuimos juntos. Era el segundo aniversario de nuestro noviazgo. Cenamos y cuando llevaron la cuenta, fingió haber dejado la billetera en casa. Me pidió que pagara yo y, en vez de la cuenta, el sobre de cuero tenía un anillo, que ahora llevo en el dedo, y una nota que decía “María Alejandra, cenemos juntos toda nuestra vida: ¿Te casarías conmigo?”. Me quedé muda y de varios rincones del restaurante salieron nuestros familiares y amigos con cámaras y celulares, mientras él se arrodillaba y me ponía el anillo en el dedo. Le dije que sí. Le dije que sí, apresuradamente. Nos besamos y todo el restaurante aplaudió. En el camino de vuelta, sentí un poco de náuseas. Los nervios, seguramente.

Esa noche me levanté a orinar y mi celular en la mesa de noche brillaba en silencio. Lo tomé y noté un mensaje de texto pendiente. Un número desconocido. “Vení”, decía. Volvió a brillar en mi mano, “soy Nicolás”, decía el siguiente. Borré los mensajes, fui al baño y me acosté. A la mañana, Juanca me despertó con besos y rosas. Me dijo que estaba feliz de que le dijera que sí y que no podía esperar para que estuviéramos casados. Me sentí un poco culpable de no sentir el mismo entusiasmo que él, todavía me sentía aturdida con la proposición. Le dije que me sentía un poco resfriada, y que por favor me excusara con mi supervisor en el call center, que era colega y amigo de él. Me preguntó si iba a necesitar algo y le dije que iba a llamar a la farmacia, que seguramente era una alergia. No tenía razón para mentir. Pero mentí. Juanca se fue y me quedé sola, viendo televisión entre las sábanas de nuestra cama revuelta. Mi celular vibró con un mensaje nuevo. Lo levanté. Era una dirección. Con calma, como en trance, me bañé, me vestí y salí a buscar un taxi.

Llegué a la casa de Nicolás. Había pasado una semana desde aquella llamada de madrugada. Toqué el timbre. Me llegó un mensaje diciéndome que sólo empujara el portón. En el zaguán de la casa me esperaba Nicolás. Se dio la vuelta y me condujo a la sala. Tenía la cabeza vendada, varios golpes en la cara y una copa de vino en la mano. Me ofreció una copa y le pedí agua. Trajo una jarra de vidrio y la depositó en la única mesa de la sala. Era una casa grande y vacía. En la sala sólo había un par de sillones individuales y en medio, una mesa de una altura extraña. En el piso, un tocadiscos y un minicomponente viejo, como el que tenía mi madre. Nicolás me dijo que me había esperado por días. Había algo desfigurado en su expresión, más allá de los golpes. Me contó que hacía una semana lo habían seguido después de salir de un bar. “Me perseguían, Mariale, te lo juro que me perseguían”, me dijo, con los ojos verdes inyectados con sangre. Me contó con ademanes exagerados cómo esquivó a los supuestos asaltantes, que venían uno detrás, uno por delante, tratando de sacarlo del camino; pero él con su pericia logró esquivarlos, con la gran mala suerte de estrellarse contra uno de los pilares del puente. Después de eso, dijo él que no se acordaba de mucho. Eran como flashes. Dijo que hasta sintió que su madre le hablaba. Le decía: “Hijo, hijo, no te duermas, si te duermes, te mueres”, pero cuando abrió su ojos no era su madre, sino una tipa alta, recia, con el pelo teñido de rojo que lo tenía en brazos, tratando de sacarlo del vehículo; “¡Ayúdenme, putas insensibles! ¡Llamen a la ambulancia! ¡Ayúdenme a sacarlo!”, gritaba la mujer. Sintió una manita helada sobre su frente, y creyó ver a una criatura pequeña y delgada sacando pañuelos de su brasier como alguna vez vio a algún mago sacarse pañuelos de la manga. Seguramente se rio, pero la criatura chiquita le agarraba la cabeza con fuerza, buscando la hemorragia, y entre varias putas lo alzaron de piernas y brazos fuera de los restos de su vehículo. Para cuando llegó la ambulancia, la chiquita lo tenía contra su regazo, apretándole la cabeza con los trapos que se sacó del buche, y se fue con él en la ambulancia, mientras la muchacha recia espantaba a los maleantes que salían de la oscuridad como zopilotes rondando lo que quedaba de su vehículo. Despertó completamente en el hospital, con la muchacha alta y la otra más chiquita, despelucadas y llenas de sangre. “¿Qué les pasó? ¿Están heridas?”, les preguntó, y ella se rieron: “¡Chico, toda esta sangre es tuya!”. La más alta le puso una bolsa plástica en la cama, que contenía todas las pertenencias que lograron recuperar. Conversaron un poco, y de repente a la chiquita se le pusieron los ojos en blanco, salió una voz ronca y gutural de su garganta, y se desplomó.

El día que llegué a verlo le habían dado de alta. De las prostitutas no sabía más. Quería encontrarlas y agradecerles. Se le hincharon los ojos con lágrimas. Me dijo que se sentía solo. Me sentí incómoda, quise irme. Me puse de pie. Nicolás se levantó también, pero se dio la vuelta y se arrodilló cerca del minicomponente. Detrás había una caja que no había visto y de la cual sacó varios casetes. Me dijo que a su madre le gustaban los boleros, las rancheras y las cumbias, y que solía barrer la casa bailando. Introdujo un casete. Play.

“Adoro la calle en que nos vimos,

la noche cuando nos conocimos.

Adoro las cosas que me dices,

nuestros momentos felices, los adoro, vida mía”

Se puso de pie mientras la canción sonaba crujiente desde el viejo aparato. Él me extendió la mano como un caballero que le pide bailar a una dama en un baile. Yo retrocedí hasta sentir la puerta a mis espaldas. “Nicolás, me voy a casar con Juanca”, le dije. Él me apartó la mirada y se volvió a agachar cerca del minicomponente, buscando la caja. Detuvo la música súbitamente. Metió otro casete, que retrocedió chirriando.

“Dicen que el vacío de tu ausencia

se robó mi conciencia y me ha vuelto loco”

Caminó hacia mí, con ojos sonámbulos.

“loco, oficialmente loco,

animalmente loco

por tu abandono”

Me tomó por la camisa y comenzó a desabrocharme los botones. Yo no opuse resistencia.

“Mas no quiero cordura sin ti

yo prefiero locura feliz”

Cuando terminó con los botones, me desabrochó el brasier. Lo apartó delicadamente.

“Me dicen que estoy loco

que no hay nadie conmigo

que bailo con el frío

que no es cierto que estás”

Me vio a los ojos, me vio el pecho desnudo. Me abrazó rodeándome la espalda, poniéndome la cara contra el esternón. Se dejó caer con todo su peso y nos desplomamos juntos. Lloró. Lloró una eternidad. El casete siguió corriendo. Él siguió llorando. Desconsolado. Sus lágrimas calientes me corrían del pecho hasta el vientre.

“Piensa en mí, llora por mí,

llámame a mí, no le hables a él, y

a él,

no llores por él”.

Y cuando terminó la canción, el silencio.

No recuerdo claramente qué pasó después. No recuerdo qué nos dijimos al despedirnos. Recuerdo haberle dejado claro que ya no podía verlo, que él realmente no me amaba, que estaba obsesionado con una idea de mí que no existe, que no me conocía en realidad. Él me miraba triste desde el marco de la puerta. No sé si habría hecho algo diferente de haber sabido que esa iba a ser la última vez que nos veríamos.

Después del compromiso, el tiempo se comenzó a acelerar y fui absorbida por los preparativos de la boda. Pasó un año y el día de mi despedida de soltera sería la primera vez que las chavalas estaríamos juntas después de mucho tiempo. Kenia se había comprometido recientemente y ella y su novio, Sander, habían volado desde Los Ángeles a darles la noticia a sus padres. Amelia vino con Helena. A última hora, Cristina llamó para excusarse por una emergencia familiar. El corazón me dio un vuelco. En el fondo ya lo sabía. Dos días después fue mi boda. Cristina llegó de negro, estaba agobiada. Antes de la ceremonia, en el cuarto de hotel donde nos peinaron y maquillaron, lloró desconsolada. Era Nicolás. Otro accidente de carro. El accidente había sido el lunes 6 de abril. Lo habían llevado al hospital. Nada qué hacer. Conectado a una máquina, se fueron llamando entre tíos y primos, sin saber quién tenía el poder de decidir sobre él. Miguel y Cristina encontraron un juez que logró hacer un poder expedito para que Cristina pudiera dar la orden de desconectarlo. El jueves a las diez de la noche, mientras yo bailaba en mi despedida de soltera con las chicas y otras nuevas amigas, Nicolás dio su último respiro. Cristina nos contó que su cuerpo seguía en la morgue. Estaban esperando a su hermano para hacer un funeral con la poca familia de Nicolás que permanecía en el país. Me tragué las lágrimas mientras me maquillaban, me vestían y, con el velo sobre mi cara, tomaba del brazo a mi padre mientras se abrían las puertas de la iglesia.

Me casé el sábado 11 de abril. Misa. Bendición. Arroz. Baile. Cena. Felicitaciones. Fotos. Brindis. Familia. Pensaba en Nicolás en la morgue. Al día siguiente, Juanca tenía una goma espantosa. Le dije que no tomara tanto en la recepción y no me escuchó. Nuestra noche de bodas fue Juanca vomitando en el baño mientras yo luchaba por salir de mi vestido de novia porque necesitaba ayuda de otra persona para quitármelo. Lo tuve que cortar con una tijera. Dormí con una camiseta vieja de Juanca, en vez de la lencería que Doña Carmen había comprado para la ocasión. Juanca durmió en el sofá de la suite del hotel, con una papelera al lado. Nunca le contamos a nadie de nuestra lamentable noche de bodas. La noche anterior, en la recepción, después de algunos tragos, Cristina sollozaba. Nos contó que, de cierta manera, muchos de la familia veían venir la muerte de Nicolás. Era como un tren descarriado, imposible de frenar. Actuaba raro después de aquel accidente, como loco. Había vendido casi todos los objetos que quedaban de la casa de su madre. Decía que no podía dormir, entonces bebía hasta la inconsciencia. Deliraba. Decía que miraba a su madre caminar por la casa cuando se estaba quedando dormido, entonces quería verla más, y se metía cocaína para seguirla viendo. Intentaron meterlo a rehabilitación. Pero algunos de los tíos decían que lo de él era más bien materia de exorcismo.

Después que despegó el avión rumbo a nuestra luna de miel en Miami, le comenté casualmente a Juanca todo lo que nos había dicho Cristina sobre Nicolás. “Qué alegre que se murió ese hijueputa”, dijo Juanca “Era loquito. ¿No te acordás cómo te perseguía, rogándote por las calles? Loco era ese mae. Desastre era”. No sé por qué fingí estar de acuerdo con él. Cuando volvimos, ya lo habían enterrado. Mi casa con Juanca estaba exactamente igual que antes de las dos semanas de luna de miel en el sur de Florida. Volvimos al trabajo y, después de una breve bienvenida por parte de todos nuestros colegas, todo siguió igual en el trabajo, también.

Hoy es viernes, 28 de julio del 2017. Mía Marcela está conmigo, en mis brazos. Es tan pequeña y aun así siento que me juzga. Esta semana será nuestro secreto para siempre. El lunes, después de haber leído la noticia sobre La Preciosa, leí los 125 comentarios hasta dar con uno que enlazaba con otro usuario. Nada. El martes, la nota tuvo un seguimiento discreto que me condujo a la página de una fritanguería que tenía un volante de recaudación de fondos para dar sepelio a un familiar de los propietarios. El miércoles le dije a Juanca que se me antojaba una fritanga y me ofrecí a ir a comprarla mientras él vigilaba a Mía Marcela. Manejé hasta el Barrio La Playa, pedí indicaciones y llegué a la Fritanga “Doña Dolores”. A la muchacha que despachaba le pedí el servicio de cerdo, gallo pinto, tajadas de plátano y queso. Después, con fingida casualidad le pregunté por la dueña. Gritó hacia adentro de la casa. Salió una señora gorda y bajita secándose las manos con un trapo. Me preguntó qué se me ofrecía. Le dije que había visto un volante sobre la recaudación y quería hacer una contribución. Saqué un billete de 20 dólares de mi bolso y se lo ofrecí. Extendió la mano para tomar el billete y noté que sus ojos se humedecían tras sus anteojos. Me dio las gracias y un abrazo. Me di la vuelta y caminé hacia el carro. Un chavalito me persiguió con mi compra, se me había olvidado de los nervios.

Ayer, después que Juanca volvió del trabajo, le dije que tenía ganas de ver a mi madre, él miraba futbol mientras devoraba frituras y tomaba cerveza. Me dijo que no volviera muy tarde. Alisté a Mía Marcela, la puse en su asiento de carro y me dirigí al Barrio La Playa. Esa tarde, en la hora de almuerzo, había revisado la página de la fritanguería “Doña Dolores”, que había puesto un anuncio agradeciendo las contribuciones para la vela del ser querido. Me estacioné a unos metros de la casa, en la oscuridad. Bajé el vidrio y vi ir y venir a señores y señoras de negro, y algunos niños jugando pelota alrededor de la casa que estaba por reventar de gente. Me sentí muy tonta de estar ahí. Puse en marcha el carro para regresar a casa, y antes de arrancar, escuché unos golpecitos en el vidrio del pasajero. Me paralicé. Era una mujer. Bajé el vidrio. “¿Está perdida?”, me preguntó. Su cara se me hacía conocida. Ella también me vio con curiosidad. “A usted yo la conozco...”. Hizo una pausa. “Usted iba bastante allá por La Casa Blanca hace años, ¿verdad?”. Asentí. Se le iluminó la cara. “Soy Sonia”, dijo, introduciendo su brazo en el vehículo. “Soy María Alejandra”, le dije yo, dándole la mano, y apagué el motor.

Sonia me dijo que estaba dudando si entrar o no. Me dijo que la madre de La Preciosa no la conocía. Quería verla por última vez. En un impulso le dije que la podía acompañar. Alcé a Mía Marcela en mis brazos y entramos a la casa. Estaba llena de gente, entre personas de pie y sentadas en las sillas que normalmente usaban en la fritanguería. Doña Dolores estaba cerca de la puerta y me preguntó qué hacía ahí, le dije que pensaba que la fritanguería estaba abierta. Después me reconoció y me dijo otra vez que agradecía mucho el dinero que había donado para el sepelio. Le dije que lo había hecho con mucho gusto, y le pregunté quién de su familia había fallecido. “Mi hijo”, me dijo. Le di el pésame muy sinceramente, mientras ella lloraba discretamente, abrazada por un familiar. Sonia me indicó que me acercara, caminamos juntas al ataúd, que estaba abierto.

La Preciosa no estaba ahí. En su lugar estaba un muchacho delgado y gris por la muerte. Tenía un corte de pelo varonil, estaba vestido con un saco azul oscuro y corbata. Sus manos cruzadas sobre su pecho eran delicadas y largas. El retrato que lo acompañaba tenía a un chavalito con birrete de papel y un diploma en la mano. Debajo unas letras que decían “6to Grado”. Un arreglo de flores cerca del ataúd decía: “Ramón Alberto Martínez Estrada. 15 de junio 1992 - 21 de julio 2017”. Sonia se puso las manos sobre la boca, horrorizada. La jalé del brazo y salimos a la calle. Afuera de la casa, Sonia comenzó a llorar fuerte, sollozando hasta quedarse sin aliento. “¡Ay, mi chiquita! ¡Ay, mi amorcita! ¡¿Por qué me dejaste sola?!”, gemía. Quería abrazarla, pero Mía Marcela ya estaba llorando desconsoladamente. Mi celular brillaba con la tercera llamada perdida de Juanca. Le ofrecí llevarla a su casa. Ella rechazó la oferta, dijo que prefería caminar.

Hoy me desperté para hacerle el desayuno a Juanca. Me preguntó qué haría en el día y le dije que le tocaba su chequeo médico a Mía Marcela. Se fue a trabajar y me dio un beso antes de irse. Alisté a Mía Marcela y fuimos al pediatra. Saliendo de ahí, manejé a la casa. Pero no pude bajarme del vehículo. Lo volví a poner en marcha. Manejé hasta el cementerio Oriental, del otro lado de la ciudad. Me bajé y puse a Mía Marcela en el coche. A lo lejos, bajo el sol de mediodía, una aglomeración de personas me indicó lo que estaba buscando. Al lado del sacerdote reconocí a Doña Dolores. Sentía que era una locura estar ahí. Busqué la sombra de unos árboles. Escuché una voz cerca de mí. Era Sonia. Me dijo que al final alguien le había dicho a Doña Dolores que ella era prostituta. Le mandaron a decir que no se apareciera por el entierro. Le puse la mano en el hombro. Ella puso su mano sobre la mía. Vimos de lejos cómo bajaban el ataúd y las paladas que daban los trabajadores del cementerio. Simbólicas, porque tenían que sellar la tumba con cemento. Las personas empezaron a dispersarse. Sonia, Mía Marcela y yo mirábamos desde las sombras de un guanacaste. Sonia quería acercarse. Caminamos hasta la tumba a medio cerrar. Uno de los trabajadores nos dijo que llegábamos tarde. Sonia le dijo que no importaba. Le preguntó con curiosidad si era algo del difunto. “Soy su hermana”, dijo Sonia, con la voz quebrada. La placa de cerámica con letras doradas decía “Aquí descansa Ramón Martínez, hijo de Aurelio Martínez y Dolores Estrada. Que el señor te guarde en su santo seno. 1992-2017”. Sonia se agachó y con una moneda arrancó las letras doradas del nombre y en su lugar talló con fuerza “Presiosa”.

Sonia y yo nos abrazamos un largo rato frente a la tumba. Salimos del cementerio y nos sentamos en un bar aledaño. Pedimos dos litros de cerveza. En el bar había una roconola ronca sonando una ranchera. Había dos mesas más ocupadas por trabajadores del cementerio. Sonia me contó de su vida. Después de la redada de la Zona Roja, salió definitivamente del perímetro de La Casa Blanca. La Preciosa y ella erraron por la ciudad buscando nuevos territorios, pero era difícil sin un chulo que las protegiera. Se le hacía cada vez más difícil cuidar a La Preciosa. Su marido la estaba maltratando y ella le decía que lo dejara, que buscaran cómo vivir juntas, estudiar algo y salir adelante. Para ese entonces los ataques de epilepsia de La Preciosa empeoraron y ni el crack la mejoraba como antes. Colapsaba por días. Se perdía. Caía en cualquier lugar. Sonia admitió haber estado cansada del trabajo de cuidar a La Preciosa. Después del último ataque que la mandó al hospital, logró contactarse con un tío de ella para que se encargara de cuidarla. Para ese entonces, ya Sonia tenía rato de mirarse con un muchacho que trabajaba de vigilante cerca del centro donde estaba terminando la secundaria en la noche. “Ahí nomás quedé panzona, y el mae me dijo que se iba a hacer responsable”, me contó. Sonia sospechaba desde el principio que él ya tenía mujer, pero él lo negó y tuvieron juntos a su primer hijo, Eduardo. El papá del niño, también llamado Eduardo, empezó a aparecer y desaparecer por temporadas. El primer diciembre del niño lo pasó en la casa. Después de eso desapareció unos meses, y volvió sólo para ponerle el segundo hijo, Ricardo, y volver a dejarla sola. “Los hombres son una mierda”, dijo, acercándome el vaso para un brindis. Hace poco, después del nacimiento de Ricardo, Sonia finalmente había averiguado quién era la otra mujer de Eduardo. Le había mandado mensajes de texto y fotos de los niños. “Después me arrepentí, vos sabés, de mandarle a ella mi rabia, si es este desgraciado el que nos vio la cara de imbéciles a las dos”. Me dijo con tristeza que quiso enmendar, pero que la otra mujer había bloqueado su número. “Eduardo me maltrató, me pegó, después se fue y sólo volvió para decirme que había encontrado el camino del Señor y que se iba donde su legítima esposa”. Nos quedamos en un largo silencio. Yo mecía con un pie a Mía Marcela, que dormía en su coche. Sonia miraba el piso, pensativa. La roconola se calló. Empezó una nueva canción.

“Solitaria, camina la bikina

y la gente se pone a murmurar.

Dicen que tiene una pena,

dicen que tiene una pena, que la hace llorar”

“Altanera, preciosa y orgullosa...”, cantó Sonia, sonriendo. Me dijo que esa canción le gustaba mucho a La Preciosa y por eso se había bautizado a sí misma con ese nombre. Me contó que muchas veces había querido recoger el valor de ir a buscar a Doña Dolores para que ayudara a La Preciosa, pero el tío le había dicho que lo negaba como hijo suyo desde que a fajazo limpio trató de quitarle lo maricón cuando la encontraba hurgando entre sus cosméticos. El colmo fue cuando comenzó a hablar con los seres que miraba ella en su cabeza. La llevaron a la parroquia y el diagnóstico fue posesión demoniaca. La sometieron a varios intentos de exorcismo. Ella se escapó de ese martirio. Se conocieron poco después de que ella huyera, tenían 13 años cuando comenzaron a prostituirse en la Zona Roja. “Ella era mujer, no importa lo que tenía entre las piernas, ella era mujer”, dijo Sonia, “Esa señora prefirió enterrar un hijo que nunca tuvo que querer a la hija que realmente tenía”, lloró.

Busqué mi cartera y encontré varias monedas. Le pedí a Sonia que viera a Mía Marcela y caminé a la roconola, escogí un par de canciones y me volví a sentar. “¿Cómo murió?”, le pregunté a Sonia. Se encogió de hombros. “Nadie sabe”, dijo, “yo me imagino que cayó en un ataque y cuando estaba tirada en el piso le pasó un carro encima”. Me apartó la mirada. “Yo ya tenía rato de andarla buscando. Me la quería llevar a la casa para que me viera a los niños mientras yo trabajo. Ahora que se fue Eduardo, me di cuenta de que mi lugar siempre era con ella, con mi hermana”. De los parlantes de la roconola salió la canción que pedí.

“Dicen que el vacío de tu ausencia

se robó mi conciencia y me ha vuelto loco,

loco, oficialmente loco, animalmente loco

por tu abandono”.

Sentí un nudo en la garganta y las lágrimas salieron, sin que las pudiera detener, con hipo, sollozos, sin poder respirar, sin poder hablar. Sonia me abrazó con fuerza. Nos apretamos y me sentí impregnada con su olor a sudor y perfume barato. Cuando nos separamos, pedí la cuenta. Pagamos y, mientras salíamos del bar, sonó la segunda canción que había escogido.

“Ojalá que te vaya bonito,

ojalá que se acaben tus penas,

que te digan que yo ya no existo,

que conozcas personas más buenas”.

Nos despedimos con un abrazo. Me dijo que iba a buscar a la otra mujer de su marido para advertirla. Agarré el valor de preguntarle. “Sonia, ¿vos conociste a un muchacho llamado Nicolás?”. Hizo una pausa, negó con la cabeza. “Casi se mata en un accidente de carro, hace años, allá por el Puente Sur”. Me dijo que ya recordaba el incidente, que cuando escucharon el estallido del vehículo contra el puente, dieron por muerto al conductor. Fue La Preciosa la que le insistió que fueran a ver para asegurarse. Me admitió que ella la siguió a regañadientes. Lo encontraron vivo, delirando, borrachísimo, con las pupilas abiertas. “Es bien guapo ese chavalo, pero se nota que tiene problemas”. Le pregunté por los asaltantes que lo venían persiguiendo. Me miró confundida y me dijo que la calle estaba despejada esa noche, que no habían escuchado motos. Me pidió que le diera sus saludos. No le dije que había muerto. Agarré a Mía Marcela en su coche. Lloraba de hambre. Aunque había bebido, me metí al carro a amamantarla. Mientras miraba su carita redonda pegada a mi teta, pensé que me parece una locura que ahora soy una esposa, una hija, una madre. Todas esas cosas al mismo tiempo.

Son las 6 de la tarde y está cayendo la noche. Sigo estacionada enfrente del cementerio. Los negocios de flores ya están cerrando sus tramos, los billares y comiderías brillan por dentro y los bares se llenan de clientes ansiosos. Juanca me ha llamado más de 10 veces. Pero no puedo contestarle. Sé que es una locura, pero no puedo contestarle. He llorado horas. Por La Preciosa, una puta que conocí en los tiempos que caminábamos viernes tras viernes a escapar de algo que aún no entiendo. Todas escapábamos de algo. No sé por qué estoy escribiendo estas páginas. Tampoco sé por qué le mentí a Sonia sobre Nicolás. Nunca lo vi muerto. Tal vez es más fácil pensar que está vivo, pero lejos, que finalmente me dejó en paz, que dejó la cocaína y se casó con alguna de las mujeres que desfilaron por su brazo. En el bar suena aquella canción que se escuchaba a lo lejos en aquella quinta ajena…

“Piensa en mí, llora por mí…”

… en una noche que pudo haber sido cualquiera…

“llámame a mí, no, no le hables a él, a él…”

… con un hombre que pudo haber sido cualquiera.

“No llores por él…”.

Alfonsina Soledad

1990. Nica de patria, Salvadoreña de matria. Diseñadora, fotógrafa y activista de salud mental.