El Regreso

«Escucha al hombre preguntar si todo está bien. Lo imagina sobre la acera, angustiado, los brazos cruzados sobre el pecho...».

Primer paro nacional en Nicaragua, 2018. Calle vacía en Estelí (norte). Foto por camaleoni. (Ver galería completa).

Es de madrugada y el viento sopla desde el lago. El oficial atraviesa Reparto San Juan y disminuye la velocidad frente al semáforo en rojo, observa a ambos lados y gira en dirección al este. El ronquido de la moto oprime su cabeza: ha sido una jornada larga, las molestias del cuello se han convertido en un dolor incómodo. Desde el retrovisor distingue la silueta del colegio y las lámparas sin brillo del bulevar. Peor que a un perro, comenta para sí mismo, todavía molesto por la forma de distribuir el dinero. A los lejos observa un vehículo cruzar sin prisa la intersección. Aún en marcha, escucha el bamboleo de la carrocería. Estos tipos nos desprecian como a perros. Piensa en los inconvenientes del método, en el mecanismo por el cual él y su pareja dividen el excedente de efectivo. Dirige un par de órdenes a la camioneta y el vehículo se detiene a un costado de la calle. Neneques, dice por última vez, neneques hijos de burgueses.

El conductor es un hombre adulto, entre cuarenta y cinco y cincuenta años, flaco, ojeroso. Viste de verde y corbata roja, una camisa desteñida algunas tallas más grande.

—Permítame sus documentos, por favor. —El subinspector apoya el cuerpo sobre la carrocería y advierte el perfil de una joven en el asiento del copiloto.

—¿Todo bien, oficial?, ¿algún problema? —pregunta el hombre. El agente evalúa la situación, inquieto, examina a la joven: una muchacha morena y tímida, con la mitad del pelo sobre la cara.

—Revisión de rutina —responde, a la espera de un pretexto que valga la pena.

—¿Es usted cristiano, oficial?

La pregunta lo incomoda. Sin responder, comprueba los documentos. El rostro del conductor le desagrada: su palidez y las marcas del acné. El oficial estudia a la joven e intenta deducir su edad. La delgadez de su cuello lo confunde.

—¿Ha leído usted la palabra? —insite. El oficial reconoce sus gestos, su voz débil e intranquila; un discurso ensayado, repetido hasta el cansancio en radios y plazas. Sólo te hace falta temblar, piensa. El hombre toma un atado de panfletos bíblicos y lo sostiene sobre el pecho. Te asustás, te ponés nervioso cuando la quedo viendo.

—Por favor, baje del vehículo —ordena sin perder la calma. La atención del agente se dirige hacia la jóven.

—Déjeme hablarle de la palabra —dice el hombre. El oficial siente deseos de golpearlo, de sujetar su cuello contra el asiento. Lo imagina gritar, quejarse del dolor frente al volante. Una serie de puñetazos sólidos y rápidos: sangre, lágrimas, cartílagos rotos—. Tenga, llévese una de nuestras revistas...

—Vamos, no compliquemos las cosas, salga del vehículo —interrumpe el oficial. La voz fatigada y distante, el cuello y los hombros rígidos.

El hombre deja los panfletos sobre el tablero y abre la puerta. El oficial se acerca a la camioneta e inspecciona la cabina. De cerca, la muchacha le parece aún más joven. La observa en silencio por algunos segundos, indeciso, su edad le resulta indescifrable. Escucha al hombre preguntar si todo está bien. Lo imagina sobre la acera, angustiado, los brazos cruzados sobre el pecho, una de sus manos sobre la barbilla. Ni siquiera tengo que preguntar, piensa, se está jodiendo solo.

La frescura del viento tranquiliza al oficial. Por primera vez en muchas horas siente hambre. Escucha de nuevo la voz del hombre y sin interesarse por sus palabras le ordena que vuelva al vehículo. Está cansado, tan aburrido que desea no inspeccionarlo. Saca una libreta del chaleco y copia los datos de los documentos. Piensa en los inconvenientes del caso. Comportamiento sospechoso, pero sin pruebas, escribe. Imagina la estación vacía, el escritorio desordenado de su superior a un costado de la oficina. Pero ¿desde cuándo importan las pruebas? Sabe que podría insistir y lograr algo. En estas circunstancias y a esta hora cualquier cosa es algo. Piensa en el tedio de las secretarias y en las miradas burlonas de sus compañeros. Informes, testimonios, declaraciones. No serviría de nada, piensa, nunca sirve para nada. Observa el rostro del conductor, intranquilo e impaciente a través de la ventana. Le gustaría acercarse y romperle la cara, hablar con su acompañante por algunos segundos. Dudoso acerca de los procedimientos, decide esperar, reflexionar con calma sobre las consecuencias. No vale la pena, con estos tipos no vale la pena. El dolor de cabeza y el hambre lo distraen.

La madrugada empieza a aclarar en dirección a la rotonda. El oficial piensa en los minutos de descanso perdidos y en el doble turno de fin de semana. ¿Qué les dirá a su madre y a su hijo cuando regrese a la estación en unas cuantas horas? ¿Cómo ignorar las humillaciones del comisionado, las miradas de desprecio y miedo de los conductores?

—Señor, voy a proceder a trasladarlo al distrito —dice el agente, con la seguridad de una frase repetida con frecuencia.

—Seamos razonables, por favor.

—Procedemos a realizar una prueba de alcoholemia y a tomar su declaración. No se preocupe, no es nada, usted sabe a lo que me refiero.

—Soy un hombre respetable, oficial. Ayúdeme y Dios se lo recompensará.

 

*

 

Dos vehículos se detienen al otro lado de la calle. El oficial vigila la intersección y advierte al hombre de mantener la calma. Permanece de pie a un lado de la motocicleta, a la espera del momento oportuno. La luz del semáforo cambia a verde y los vehículos continúan sus recorridos. El agente extiende el brazo a través de la ventana y devuelve los documentos. El roce con la manos del hombre le produce asco, el contacto con su piel húmeda y fría. Lo observa por última vez. Un poco más y te ponés a llorar, piensa. La camioneta se aleja con rapidez. El oficial revisa sus bolsillos y extrae de nuevo la libreta. Repasa lo que ha escrito y sin cuidado arranca la página.

Conduce a lo largo del bulevar, en dirección a la rotonda. Observa las oficinas de la Lotería Nacional con sus luces y decoraciones de fin de año. A pocas cuadras de la estación de distrito, el oficial se detiene en una gasolinera. Entra a la tienda de servicio y camina sin prisa por los pasillos. Frente a los exhibidores de alimentos un grupo de adolescentes prepara sopas instantáneas. Neneques, buenos para nada. El olor a café lo reconforta. Piensa de nuevo en su hijo y en su madre, en la cena que todos los años preparan los vecinos. Se acerca al mostrador y ordena un servicio de pollo frito. Las risas de los jóvenes se escuchan con más fuerza. Inútiles, llorones. Uno de los empleados regresa al mostrador con una bolsa acartonada. El oficial inspecciona el interior y paga la orden, satisfecho, cuenta de nuevo el dinero; esconde con cuidado el paquete dentro de su bolso y sale al estacionamiento. Empieza a amanecer y los primeros buses transitan vacíos a ambos lados de la calle. Neneques de mierda, la próxima vez los jodo a todos.

Yader Velásquez

Somoto, 1992. Ha participado en talleres de narrativa (CNE, UNAN-Managua, CAC). Fue incluído en la “Breve antología del cuento novísimo nicaragüense” (UNAN-Managua, 2015). Coeditor y cofundador de ÁlastorLiterario.com.