El perro de la banda

«El perro de la banda ha completado doce vueltas sin ser recogido por su dueño. Ya no ladra...».

Foto de Álvaro Cantillano Roiz. Ver galería completa.

Hago ejercicio de lunes a viernes, de seis a ocho de la mañana. Al terminar preparo un batido de proteína, veo televisión hasta mediodía, me baño, pido almuerzo a domicilio y salgo a trabajar a las dos de la tarde.

Antes iba a un gimnasio de barrio, con pesas oxidadas y máquinas fabricadas en un taller de soldadura, en un intento torpe por imitar a las profesionales. Era un lugar maloliente en el que se ejercitaban pocas personas, porque acostumbrarse a una rutina allí no es fácil. Yo asistía porque estoy curtido en esto de levantar pesas, no por vanidad sino por gusto. La limpieza y la comodidad no son mi prioridad, lo que me satisface es tener es el control del cuerpo. Con tan pocos asistentes y sin entrenadores estás solo contigo mismo, no tienes más opción que concentrarte, levantar un poco más peso del que puedes soportar y sentir cómo se tensionan tus músculos.

Creí que hoy sí haría ejercicio, pero son las seis de la mañana y estoy atascado en el aeropuerto. Hubo un retraso, apenas acabo de bajar del avión y tengo que recoger mis maletas. Pensé que llegaría a casa más temprano.

Estuve fuera de la ciudad durante una semana, intentando arreglar las cosas con Lucy. Fuimos a Santa Marta con la esperanza de que las olas de la bahía se llevaran nuestros problemas. El viaje en gran medida funcionó como esperaba, pero tuvimos una discusión poco antes de regresar. No me habla, pero creo que no es para tanto. Se le pasará pronto.

Lucy está a mi lado. Vemos cómo la banda transportadora moviliza con lentitud el equipaje de los viajeros. La banda tiene un par de curvas que desestabilizan las maletas, pero no las tumban. Nunca, de todas las veces que he esperado equipaje en aeropuertos, se ha caído alguna.

La caminadora de aquel gimnasio de barrio era como una banda de aeropuerto, más pequeña, pero de idéntico funcionamiento. Ambas dan la impresión de desplazar cosas, pero realmente se mueven en un rango muy estrecho, es imposible que salgan de ese espacio reducido. Es una ilusión de avance, y por eso las caminadoras modernas vienen con un tablero que indica la cantidad de kilómetros recorridos, las calorías quemadas, la velocidad promedio, para que creas que has avanzado. Dices “¡qué bien, hoy troté cinco kilómetros más!”, y te sientes satisfecho a pesar de haber permanecido en el mismo lugar.

Por eso no uso caminadora. Prefiero las pesas, con ellas puedes hacer decenas de ejercicios para fortalecer una zona del cuerpo. Te dan más margen de movimiento, y digo margen en vez de libertad porque el ejercicio es una actividad en la que el progreso se logra con base en la repetición. Pero no hay que ser tan evidentes.

Sobre la banda del aeropuerto hay un huacal con un perro. Es un french poodle blanco, parado sobre sus cuatro patas, ladrándonos a todos y mirando con desesperación a través de la rejilla. Ha completado tres vueltas sin que su dueño aparezca, como si se tratase de un equipaje más. “Pobre perro”, murmuran los pasajeros y cruzan miradas en busca de su dueño. Lucy observa cómo se acerca y se aleja, escucha la resonancia de sus ladridos al chocar con el huacal. Luego continúa mirando la banda en espera de su maleta.

Al principio creí que a Lucy le molestaba que fuera al gimnasio del barrio. “Alzo pesas por salud –le respondí–, para tener buen estado físico, no busco ser un semental”. Se quejaba de que lo único que yo hacía era pasar la mañana entrenando, la tarde en el trabajo y la noche en casa. “Puedes dormir conmigo si quieres”, le respondía.

Una mañana, mientras ejercitaba mis bíceps, comprendí el origen de los reclamos de Lucy: quiere que vivamos juntos. Lo que le aburre no es mi rutina, sino el hecho de no pertenecer a ella. Espera que le diga que coja sus cosas y se mude a mi apartamento, o que yo empaque las mías y me vaya al suyo. O quizá lo que quiere es que busquemos una casa para ambos.

La noche de mi descubrimiento, mientras veíamos una película en mi apartamento, le expresé mi deseo de vivir con ella. Se lo dije de sorpresa, justo cuando ella regresaba de la cocina con un balde de crispetas con queso cheddar. “¿Quién te dijo que yo quiero vivir contigo?”, preguntó sonriente. Esa noche hicimos el amor, y yo sentí que la intensidad de su deseo era su forma de recompensar mi decisión.

Aquella noche tuvo lugar hace casi siete meses. No vivimos juntos aún, pero lo haremos pronto. Cuando todo ocurra como esperamos nos mudaremos a un apartamento más grande. Al principio hacíamos planes, sacábamos cuentas y reducíamos nuestras expectativas de una vida de lujos. Vivir con alguien es caro, se necesita tener estabilidad económica para hacerlo. Si unimos nuestros sueldos no alcanzamos a pagar el apartamento que queremos, los muebles, el televisor de cuarenta pulgadas, las ollas, todos los enseres que se necesitan. Lucy, obstinada como es, sugirió que debíamos bajar nuestras pretensiones si queríamos estar juntos. Yo, por supuesto, me negué.

Para comprobarle que sí quería vivir con ella, comencé a comprar cosas: nevera, estufa, microondas... Cada electrodoméstico nuevo lo guardaba en mi apartamento, debidamente sellado, a la espera de nuestra mudanza. Lucy se alegraba con cada adquisición y se impacientaba por mostrarle los aparatos a sus amigas.

Hace un par de meses cerraron el gimnasio del barrio. Una mañana fui a entrenar y vi al dueño hablando con un par de tipos que vestían de saco y corbata. Habían atravesado bandas plásticas de color amarillo en la puerta de entrada y en las ventanas. El dueño se me acercó y dijo que se trataba de un malentendido y que por eso la Secretaría de Salud había sellado el lugar, pero que pronto reabriría con más pesas y máquinas originales.

Fui un par de veces más, pero seguía cerrado. Como no quería perder forma, compré mis propias pesas para entrenar en casa: una máquina multiestación para realizar veinticuatro tipos de ejercicio, una mancuerna de barra larga, dos mancuernas de barra pequeña y varios discos de cinco, diez y veinticinco kilos de peso.

A Lucy no le gustó la idea, pues pensó que ese dinero habría sido más útil para mudarnos juntos. Le respondí que, con ella o sin ella, yo siempre haría ejercicio, así que era una inversión necesaria en cualquier momento. “Cuando uno quiere algo, debe hacer sacrificios”, sentenció.

Estuvo molesta conmigo durante dos semanas. Se negaba a contestar el teléfono y no respondía mis mensajes. Como no quería perderla le envié por correo los tiquetes del vuelo a Santa Marta, con la esperanza de que esa sorpresa le mejorara el ánimo. “Vamos a hablar, no a pasear”, dijo, y al día siguiente nos fuimos de viaje.

El perro de la banda ha completado doce vueltas sin ser recogido por su dueño. Ya no ladra, estaba cabizbajo y con las orejas caídas. Nuestro equipaje tampoco aparece, pero a Lucy no parece importarle. Su semblante no es mejor que el del perro y aún sigue sin hablarme. Yo tampoco me atrevo a hacerlo, me conformo con permanecer a su lado en silencio.

Santa Marta es un buen sitio para ir de vacaciones. Las playas son tranquilas y claras. No es costoso y la atención es buena, los vendedores no desesperan a los turistas y la gente es amable. Nos divertimos mucho, almorzábamos en la playa y bailábamos durante la noche, en el hotel o en alguna discoteca cercana.

Solo hasta hoy, dos horas antes de tomar el vuelo, supe que todavía seguía molesta por lo que consideraba un engaño de mi parte. “No te interesa vivir conmigo, ¿cierto?”, preguntó. Le respondí algo ofuscado que sí lo deseaba y que había hecho grandes esfuerzos para que así fuera. “Para vivir juntos solo hay que intentarlo, el resto aparece después”, dijo, pero yo no compartía su forma de ver las cosas.

Mi lógica es la misma que aplico cuando hago pesas: perfecciono mi rutina. Así como no puedes hacer lo que sea para fortalecer un músculo, no puedes lanzarte al vacío para conseguir una vida mejor. Hay que repetir hasta dominar un ejercicio, una situación, lo que sea. Hay que asegurarse de que todo está bien y luego, ya fuerte, avanzar. Se lo dije.

Dieciséis vueltas ha dado el perro de la banda cuando aparece la maleta de Lucy. La toma con seguridad, me da la espalda y se va sin despedirse siquiera. Quiero salir tras ella, pero un ruido seco me detiene: la banda se trabó.

Las maletas han quedado estáticas, mientras el perro me observa sin ganas, resignado, cansado de su suplicio. Entonces creo por un instante que su cara debía ser la mía, que la impavidez de su rostro se ajusta más a mi suerte, que yo también he sido arrastrado por una inmensa banda de caucho que me devuelve al mismo punto, sin Lucy y sin maleta, que lo único que hice fue permanecer quieto por gusto, hasta que se trabó esa maldita y quedé paralizado, como el perro, esperando un no sé qué que no va a llegar nunca.

Me acerco al guacal y lo tomo. Sé que a la salida me pedirán el número de tiquete para poder llevarme al perro. Le inventaré algo a los guardias, les diré que mi boleto se extravió durante el vuelo, que el perro es mío, que no me ladra, que está a gusto conmigo. No veo por qué no me creerían.

Fabián Buelvas

Nacido en Corozal (Sucre, Colmbia) en 1985, es autor del libro de cuentos La hipótesis de la Reina Roja (2017, Collage). Sus cuentos y crónicas han sido publicados El Malpensante, El Heraldo, Literariedad, Cartel Urbano, Corónica y The Clinic. En 2015 fue finalista del V Premio Nacional de Cuento La Cueva. En 2017 obtuvo el Premio de Novela Distrito de Barranquilla, con Tres informes de carnaval. En 2018 ganó el VI Premio Promigas a la Mejor Crónica del Carnaval “Ernesto McCausland Sojo”. Actualmente trabaja en su segunda novela, titulada Ilusiones derivadas de un supermercado.