Miedo y asco en Granada

«Les dije que era poeta del festival y unos detenidos gritaron desde la tina de la camioneta “¡apurate, Rubén Darío!”».

Fotografía de Sergio Palma (ver galería completa).

Eran las tres de la mañana, estaba ebrio, sucio y desarreglado, pero lo único en que pensaba era que iría preso. Imaginaba la cárcel como un lugar terrible donde me violarían todos los reos, de uno en uno. La oficial abrió una puerta y entré al recinto. La única iluminación provenía de un bombillo colgado en un techo de zinc. Subí unas escaleras embaldosadas y me dirigí al oficial que estaba sentado frente a un escritorio. Cargaba algunos libros que logré tomar de mi mochila, me ordenaron entrar a una habitación y el oficial que estaba ahí me dijo que me quitara el pantalón e hiciera cinco sentadillas. Tenía que bajarme también el calzoncillo, me sentí humillado. Salí de la oficina con la vergüenza de tener que vestirme frente a unos desconocidos. Me pidieron mis datos y las pertenencias. Me sentí con menos mareo, fue como si el susto por darme cuenta de que me encarcelarían hubiera bajado los efectos del alcohol, a pesar de que tomé bastante, alrededor de diez cervezas; digo bastante porque esa cantidad es suficiente como para marearme y provocarme vómitos, sé de otros que toman hasta dieciséis botellas y continúan como si nada, pero en mi caso no es así. A pesar de eso, me sentía mejor, incluso un oficial se me acercó y me dijo que me veía casi sobrio. Me veía casi sobrio, pero me iban a meter a una celda como a un animal.

El oficial terminó de anotar mis pertenencias. Vi su caligrafía, era una buena caligrafía; al final me esperaba una x donde tenía que firmar. Firmé y tomé uno de mis libros, solo me permitían coger uno, y el que elegí fue un poemario de Salomón de la Selva; temprano, mientras caminaba por el parque de Granada visitando las librerías, compré el libro y empecé a leerlo. Otro oficial me ordenó que caminara hacia la celda. El terror comenzó, pensaba lo peor…, uno a uno me violarían, ese pensamiento no me dejaba tranquilo y sentí náuseas. Mientras entraba me temblaban las piernas, era de noche y la visibilidad era nula. Empecé a dar pasos cortos, vi varios bultos en el suelo, supuse que eran los reos, tuve el cuidado de no tropezar con ninguno y encontré un espacio donde podía acostarme. Me lancé al suelo y usé el poemario de Salomón como almohada. Me costó cerrar los ojos, el mareo y el frío me estorbaban demasiado; luego de un rato, el cansancio me ayudó a conciliar el sueño.

Escuché el sonido de una escoba de espiga. Alguien barría el piso. Entreabrí los ojos y continué escuchando el ruido de la escoba, un destello de sol me dio en la cara. Abrí por completo los ojos y vi que tenía una frazada encima. El tipo que barría estaba sin camisa, vestía un short y andaba en sandalias; observé su tatuaje en el brazo: era un bebé o lo que parecía ser un bebé. Empecé a recordar lo que pasó unas horas antes, creo que dormí alrededor de unas tres horas. Me levanté entre mareos, pude ponerme en pie y dirigirme hacia el tipo que barría. Tenía mucha sed, por supuesto, la goma me tenía fatal. También tenía hambre, deseaba una hamburguesa con papas fritas y gaseosa. Algo grasiento para aliviar el malestar. Quería preguntarle al tipo que si sabía dónde estaban los baños. La pregunta me pareció estúpida, pensé que se podía orinar en cualquier parte, pero no era así. El tipo me dijo que debía llamar al guardia para que abriera la celda, entonces me acerqué a la puerta y empecé a hacer señas al guardia, un leve grito, luego otro, hasta que por fin me vio y caminó hacia la celda. La celda era un espacio rectangular bastante largo donde cabían alrededor de cincuenta presos. Cuando llegó, me preguntó qué quería y le dije que necesitaba ir al baño. Abrió la puerta, vi el cielo y me sorprendí por el brillo del sol, tuve que caminar cabizbajo. Escuché un silbido, el guardia me hacía señas sobre un balde, me regresé y me explicó que debía llenar el balde con agua para luego descargarlo en el inodoro. Ya lo presentía. Me imaginé que vería el peor inodoro de mi vida. Todas las bacterias, virus y quién sabe qué más putrefactas cosas había ahí. Temí eso.

Subí las escaleras embaldosadas. Lo primero que vi a mi lado izquierdo fue una celda oscura, escuché el murmuro de algunos muchachos. El baño estaba junto a esta celda y al abrir la puerta salió una peste de mil demonios. Los presos empezaron a gritar, yo buscaba el interruptor de la luz por todas partes. Cuando lo encontré me sentí aliviado, pero luego vi las costras marrones en la taza del inodoro y en las paredes; oriné y descargué el balde con agua. Apagué el interruptor y abrí la puerta. Los muchachos volvieron a gritar quejándose del hedor. De tanta bulla me espanté y salí corriendo, alguien me lanzó un escupitajo en el cuello, pero por fin escapé de esa película de terror. Volví al patio, sentí los rayos del sol en mi piel y por un momento me refrescó una brisa en el rostro. El suplicio del baño me tenía horrorizado.

Todavía eran las seis de la mañana, o eso es lo que pensaba, parecía esa hora. Podía escuchar el canto de los pájaros, pasaban volando y cantaban en los árboles. La idea de terminar en una celda para mí era inconcebible, jamás se me ocurrió que terminaría detenido y menos en una celda de la ciudad de Granada. Desde pequeño he visitado Granada y nunca se me ocurrió que existía una prisión. Mi idea de Granada era el parque, La Calzada y el Festival de Poesía, pero no una prisión. Terminar en las Celdas de Procesamiento de Granada fue lo peor que me ha pasado. En ese momento recordé ese nombre: Celdas de Procesamiento de Granada. Porque lo vi en un letrero en la entrada de la prisión en la madrugada. El oficial me dijo que me apresurara, abrió la celda y volví a entrar. Me senté en una banca y empecé a recordar. Esa noche pasé con Ernesto Valle, el poeta, en un bar llamado Ron Kon Rolas. Yo decidí ir a mi auto que estaba estacionado en La Calzada.

Quise volver a Managua, pero estaba tan ebrio que me quedé dormido en el auto por un instante. Luego tomé las llaves y logré encenderlo. No recuerdo bien los momentos en que empecé a conducir, pero a los pocos minutos escuché el sonido de una sirena y vi a mi lado izquierdo una camioneta de policías que luego aparecieron frente a mí. Las luces de los focos me daban en la cara y me cubrí con los brazos. Escuché gritos, luego apareció otra camioneta y varios policías se aproximaron a ambos lados de las ventanas, me alumbraban con un foco y me amenazaban con sus bastones. Me pedían que bajara del Suzuki Alto; para hacer el drama fingí que tenía dolor en el pecho y les dije que padecía del corazón. Me dijeron que por poco mato a un indigente. Luego alegué que no podían bajarme del auto sin orden judicial, ninguno de mis alegatos funcionó. También les dije que era poeta del festival y unos detenidos gritaron desde la tina de la camioneta “¡apurate, Rubén Darío!”. Entonces tuve que bajarme del auto, comportarme como si nada había pasado y subirme a la camioneta. Un oficial abordó mi auto y condujo hasta la subestación de Granada, me indicaron entrar a una sala de paredes pintadas de color blanco. En el centro había una larga mesa metálica donde pusieron mis documentos: licencia, cédula, seguro del auto. Me dieron el celular que me habían quitado, me ordenaron que hiciera llamadas para contactar a quien fuera para que llegara por mí. En primer lugar pensé en Ernesto, marqué su número desesperadamente, eran como las dos de la madrugada y supuse que no contestaría por estar ebrio, pero contestó. Cuando logré hablar con él lo único que me dijo fue que estaba encerrado en el hotel y no podía salir. Le expliqué que me habían detenido por conducir en estado de ebriedad. Todavía no sabía las consecuencias y solo escuchaba decir a los oficiales “este va a las celdas de arriba”. Pensaba en lo que decían. Se me ocurrió que las celdas de arriba eran un calabozo donde me pasaría lo peor rodeado de ladrones y asesinos.

Le colgué a Ernesto y mi otra opción fue llamar a una amiga abogada. Le dije sobre mi situación y me contestó que estaba en una fiesta y no podía salir de Managua porque también estaba ebria. Todos estaban ebrios y nadie podía salvarme. La única opción era ir a las celdas de “arriba”, le dije al oficial que nadie llegaría por mí, pero podía dejarme en el parque central de Granada y yo buscaría un hotel donde quedarme a dormir. Esa no fue una opción. El oficial, ofuscado por la situación, dijo que me llevaba a las celdas de “arriba”. Me señaló que siguiera a otro oficial. Nos subimos al Suzuki Alto y empezó a conducir hacia la nada. Después de varios kilómetros pude ver la entrada de la prisión, un gran portón verde. Un guardia abrió el portón y entramos. Luego, el oficial estacionó el auto en el parqueo y yo tomé algunos libros de mi mochila.

Tras recordar lo anterior, aún eran las seis treinta de la mañana. No tenía esperanzas, pensé que pasarían 72 horas…, tres días en esa prisión. La ansiedad me tenía alterado, sentía que mis ojos estaban a punto de estallar y se me hizo un nudo en la garganta. Comprendía muy bien por qué estaba detenido. Fui detenido un sábado 19 de febrero por conducir en estado de ebriedad. Ahora me encontraba con un domingo desolador. Pude haber muerto en un accidente, pero los policías me detuvieron a tiempo. Pensaba en todos mis amigos, en Norman, que estaba en Francia; en Herdy con quien había llegado a Granada, y su novia Alexandra. No culpé a Ernesto, esa noche la pasamos bien, disfruté cada cerveza que tomaba hasta que me vi con una cerveza en cada mano y tomándolas como si fuera a morir. Jamás pensé que terminaría preso, puedo ver todavía los destellos de las luces de la barra del bar y las muchachas sonrientes que me pasaban las cervezas. Era una locura de fiesta y derroche, se escuchaba la música a todo volumen y veía pasar a muchas chicas a mi lado, la euforia era incontenible, sonreía como un diablo, sentía que era inmortal. En esos tiempos, cuando tenía veintidós años, quería explotar de euforia y llenarme de regocijo con la bebida. Sentir la música y vibrar al ritmo de los beats. A pesar de mi vida edulcorada, también buscaba un mundo interior, pero me era difícil lograrlo. No podía estar en un lugar sin bebidas, siempre tenía que tomar para sentirme bien. La sensación duraba un rato, luego me volvía loco y me llenaba de euforia y terminaba ebrio y triste. Conducía a mi casa, vomitaba y me dormía. Y al día siguiente tenía que recuperarme de la goma. Así eran esos días de fiestas y locura. Recordaba las lecciones de mi profesor de filosofía con el ensayo de Ortega y Gasset sobre el ensimismamiento y alteración. A pesar de comprender la teoría, mi modo de vida era la alteración, era como un animal disperso entre la euforia de la bebida y la música. Era incapaz de concentrarme en mí mismo y escucharme. Siempre pensaba en lo que me decía mi profesor y lo que decía el ensayo de Ortega y Gasset, pero nada cambiaba en mí. Yo decidía el camino de la dispersión y la alteración. Entonces, sentado en una banca rodeado de convictos, pensaba en cómo calmarme la ansiedad. El tipo del tatuaje en el brazo se me acercó y hablamos, me dijo que estaba ahí por posesión de marihuana. Le dieron tres años. Pensé que había sido demasiado tiempo de condena solo por posesión de marihuana. Mientras hablaba se aproximó y tomó el poemario de Salomón de la Selva. Le dije que le iba a leer un poema. Y leí “Camouflage”:

Parece que hace siglos

no me miro al espejo,

y en los ojos de los vivos

por vergüenza no puedo,

y no reflejan nada

los ojos de los muertos.

Debo haber cambiado la cara:

debo de tener hundida la frente;

mis labios deben ser una sola línea recta;

debo de tener los ojos como dos alfileres.

¡El apego a la vida me debe de haber mudado

para que cuando me busque no me conozca la muerte!

Mientras leía, un muchacho en silla de ruedas se me acercó y me pidió el libro. Se lo di y empezó a hojearlo. Me preguntó si era poeta, le contesté que no. Eso me causó mucha gracia, porque en realidad sí escribía poemas, pero al igual que Salomón de la Selva me daba vergüenza decirlo. Eran como las siete de la mañana. El muchacho se fue con el libro dando vueltas por toda la celda. El tipo del tatuaje dejó de barrer y se sentó a mi lado. De repente, un gordo que estaba acostado entre cartones se despertó y varios muchachos lo ayudaron a levantarse, uno de ellos me sorprendió por su barba espesa. Me quedó viendo y me extendió la mano.

—Me llamo Grecho —dijo.

Yo le extendí la mano y por curiosidad le pregunté qué hacía metido en las celdas. Me contestó que había tenido una trifulca con un vecino y le dio un golpe y por eso lo denunciaron. Lo procesaron por lesiones y le dieron tres semanas de encierro. El chico de la silla de ruedas llegó y me entregó el libro. Me preguntó si jugaba ajedrez, le contesté que sí, y me dijo que había un filipino con un tablero de ajedrez. Eso me entusiasmó y me animé a jugar. Seguí al chico y llegamos hasta donde estaba este filipino. Me quedó viendo, abrió el tablero, puso las piezas y el juego dio inicio. Mi estrategia era la de siempre: mate del pastor. Creyendo que podía aplicarle el mate del pastor, me atrapó la reina y luego me hizo retroceder el alfil. Mientras el filipino pensaba, vi que tenía en su mano un recipiente que contenía gallopinto y con dos dedos tomaba un frijol y se lo llevaba a la boca. Seguimos el juego. Quedé inmovilizado y él avanzó con todas sus piezas, el alfil y los caballos; al final no sé cómo rayos sacó una torre y me hizo mate con la reina y la torre.

—Te lo dije —dijo el chico de la silla de ruedas.

Escuché un rugido.

Fuck you!

Volví a ver y era un señor con barba blanca, tenía un parecido a Hemingway. Y volvió a gritarle a los guardias de seguridad: Fuck you! Al rato se me acercó y trató de hablarme en inglés preguntándome qué hacía en las celdas. Le dije con mi mal inglés que me atraparon mientras conducía ebrio. El tipo del tatuaje de bebé me contó que al señor parecido a Hemingway lo tenían detenido porque atropelló con su camioneta a una familia que viajaba en una caponera. Mató a un joven y la familia le pidió dinero a cambio de retirar la denuncia. Le pedían cien mil dólares. El tipo se negó, y le propusieron cincuenta mil. Al final, el viejo esperaba que le bajaran la cuantía hasta diez mil dólares. Las horas pasaron, me desesperé, sufrí de ansiedad, y escuché que a las doce llegaba el comisionado. La llegada del comisionado significaba que iban a liberar a unos cuantos, pero era incierto. El tipo del tatuaje me dijo que saldría al día siguiente, que era lo más probable.

El gordo que habían levantado del piso extrajo de un saco un recipiente y me ofreció tomarlo. El recipiente contenía un nacatamal, era el nacatamal más asqueroso que había visto en mi vida; también había un trozo de pan tan duro que apenas lo mastiqué. Puse en la banca el recipiente y lo dejé ahí.

Llegó el tal comisionado, se sentó en el escritorio, y un oficial se acercó a las celdas y leyó unos nombres, yo le grité el mío, pero me ignoró. Y volvieron a pasar las horas. Grecho escuchaba música evangélica que se reproducía desde un televisor. Estaba en el piso y movía su melena. Yo suspiraba y el tipo de los tatuajes me decía que me relajara. Me dormí en una de las bancas. Cuando desperté, me dijeron que eran como las tres de la tarde. Que pronto iba a salir. Un oficial se acercó y dijo mi nombre. Estaba contento, pensaba que iba a salir. Abrieron la puerta y me hicieron caminar hacia una oficina donde había una cámara y me tomaron fotografías como en las películas. También tomaron mis huellas dactilares, luego volví a la celda. Me dijeron que eran como las cuatro, se escuchó un alboroto y vi cómo sacaron a rastras a un joven y lo esposaron en la rama de un árbol. De repente vi cómo se cortaba el brazo con quién sabe qué, pero empezó a sangrar y los oficiales tuvieron que quitarle las esposas para curarlo. Luego de eso volvieron a esposarlo al árbol y lo dejaron ahí.

—¡Viva la marihuana! —gritaron los convictos.

—¡Viva! —contestamos todos.

Volvió a acercarse el oficial y me dijo:

—Te vas.

Por fin. Tomé el libro de Salomón de la Selva, me despedí de todos los muchachos, abrieron la puerta y caminé hacia el escritorio donde me esperaba el comisionado.

—¡Adiós, poeta! —gritó uno de los convictos.

En el escritorio me esperaba un papel donde debía firmar. Al firmar, el comisionado me dio un papel donde decía: EX REO. Luego de eso pedí mis pertenencias, y me dieron mi celular. Estaba descargado, así que le dije al oficial si me prestaba su cargador. Accedió, encendí el celular, llamé a la única persona que podía llegar a traerme. Mamá me contestó preocupada y le conté todo lo sucedido. Salí del recinto y me senté en una banca debajo de un árbol. Escuchaba el cantar de los chocoyos y recordé que no había comido en todo el día. Me moría de hambre. Volví a pensar en la hamburguesa con papas fritas y gaseosa.

Orell Ordóñez

Managua, 1993. Estudiante de Humanidades y Filosofía, colaborador en Nicaragua 505.