Lo importante es irse, sin importar adónde

Una aproximación personal sobre Mausoleo de pájaros de Ernesto Castro

Rust in solitude

 

Hace algunos meses supe de la publicación de Mausoleo de pájaros, el primer libro de cuentos de Ernesto Castro en Ediciones la Chancha, un sello con vocación independiente a cargo de Manuel Membreño y Omar Elvir, viejos zorros y agitadores literarios. Después de leer el primer relato, publicado a modo de muestra en la pasada edición de esta revista, tuve la inquietud de leer el libro entero. Las credenciales de Ernesto no podrían parecerme más interesantes. Se trata de un autor joven, nacido en Matagalpa a mediados de los noventas. Condición suficiente para ofrecer una mirada, al menos desde mi perspectiva, al margen y desplazada, periférica si se quiere, en relación a mi lectura de la tradición narrativa contemporánea, siempre enfocada en el pacífico y sus grandes temáticas nacionalistas.  

Sin embargo, no pretendo hacer una lectura sociológica de este libro. Lo que me interesa son sus operaciones narrativas, el uso del lenguaje, el sentido de las experiencias referidas. Como he dicho, estos cuentos ofrecen una especie de mirada particular, una manera de observar y representar la realidad desde una perspectiva concreta, personal, recreada por el autor a través de la tensión entre sus personajes y el mundo exterior, ese mundo incomprensible y hostil en el que les ha tocado vivir sin tener de otra. Desposesión y vulnerabilidad: dos muchachos viajan a la capital para optar a una beca que nunca llega, una jovencita contempla el cadáver de un vagabundo al tiempo que reflexiona sobre su propia vida, un vínculo insostenible se desmorona y arrastra a una de sus partes hacia lo más profundo de la decadencia.

Se trata entonces de una visión aguda y desencantada de ciertas experiencias comunes de la juventud, un mecanismo de observación, de extrañamiento frente a un mundo ya por todos conocido, pero quizás ignorado tras capas y capas de tedio e indiferencia. La hostilidad del barrio y la capital, la hipocresía y frialdad de algunos sectores urbanos y clasemedieros, la desconfianza y el deslumbramiento hacia la figura del extranjero, quizás para algunos, el único recurso para salir del aburrimiento y la parálisis, etc. En resumen: presentar lo viejo como nuevo, desplazado, de modo distinto.

Un grupo de jóvenes se reúne en un bar para conversar sobre sus vidas. El futuro no solo es incierto, sino también atemorizante. El mundo adulto no ofrece oportunidades, su superficialidad los desespera, los abruma, los convence de sus pocas alternativas: adaptarse, construir a duras penas una vida destinada a caerse en pedazos —como el juego de jenga que contemplan en la mesa de enfrente—, huir, escapar al extranjero, etc. “A lo mejor me estaba volviendo loca. O solo estaba harta, aburrida, ansiosa”, dice la protagonista del relato al juzgar a sus compañeros y darse cuenta de la distancia que los separa. De nuevo, no es la trama lo que importa, sino el conflicto interno de sus personajes, su forma de ver y relacionarse con su mundo, o bien, con ese otro mundo del que no podrán ser parte sin importar los esfuerzos y el empeño: “nos ven a la cara y nos dicen, con su actitud, que no somos iguales”, dice en otro cuento, “un metedero para fresas. La clase de muchachos que nosotros nunca seríamos”.

Hasta aquí todo bien. Pero la virtud de Ernesto, a mi parecer, radica en otra parte de la ecuación. En lugar de victimizarse y lloriquear durante páginas y páginas, convirtiendo el relato en una suma de quejas y acusaciones solapadas, sus personajes asumen esta relación conflictiva con el mundo con cierta ironía y levedad. Desde esta mirada doble, el humor opone un contrapunto a la tristeza y a la desesperanza, las dosifica con inteligencia, se sobrepone con cierta conciencia del ridículo, con un lenguaje afilado e ingenioso.

¿Mecanismo de defensa?, ¿proyección?, ¿escapismo?, puede ser. No estoy en condiciones de valorar el origen de estas operaciones. Sus efectos me parecen notables por sí mismos. En lugar de ofrecer opiniones o afirmaciones categóricas sobre la historia, la sociedad, el ser humano, etc, —un vicio de cierta literatura programática en el que el relato está al servicio de las tesis del autor y sus prejuicios— en estos cuentos, por el contrario, la experiencia de la realidad se complejiza. No hay víctimas, ni héroes, ni villanos. Cada quien asume las circunstancias que les ha tocado vivir. Alejados de los juicios morales y políticos solo queda el tedio, el aburrimiento, la desposesión, la superficialidad, el cinismo de sus personajes: los síntomas comunes de su sociedad y de su tiempo.

Un joven le escribe un correo a su antiguo amante. El lenguaje se tensa y adquiere el tono de una confesión. Masculinidades en conflicto en medio del tedio y el calor de la capital, de oficinas impersonales y gimnasios. Como todo buen relato, la trama refiere a operaciones más profundas y el texto deviene en una investigación sobre la incomunicación y la superficialidad de los vínculos, simulacros y vacíos compartidos. En otro cuento, un tipo observa las fotografías pegadas por su ex pareja en la pared del cuarto que compartían. De todas, una le llama la atención: una mujer se aferra a la pierna amputada de un hombre, a su muñón, como si la desgracia no tuviera la fuerza suficiente para separarlos. La imagen funciona como una metáfora de la situación, salvo que ahora el personaje se ha quedado solo. Frente a un lenguaje directo y dinámico, cuyo registro me hace recordar algunos textos de Carver y Puig (como si la comparación no pudiera ser más antojadiza), el contraste de sensibilidades es evidente entre ambos cuentos.

Entonces podemos hablar de una preocupación por la forma, por la variación de registros y la articulación de un fraseo personal. Ernesto puede hablar de lo mismo sin necesidad de repetirse, de reescribir siempre el mismo cuento. Inteligencia y sensibilidad, un humor agudo y al mismo tiempo sutil, un lenguaje cálido y poderoso. Oposiciones que construyen un ritmo, que problematizan la situación en lugar de buscar culpables. Un uso ingenioso —incluso ácido— de la ironía, capaz de revelar una dimensión aún más humana de sus personajes. “Lo importante es irse, sin importar adónde”, dice el protagonista de uno de los cuentos, “no me queda de otra. Are you sure honey?. No, pero, ¿quién podría estarlo?”. Se trata de aventarse hacia lo desconocido, de remover con un poco de descaro los meandros de la experiencia y la escritura. Una actitud provocadora, un impulso vital presente a lo largo de todo el libro.

¿Quién no se ha sentido alguna vez cómo algún personaje de estos relatos? A pesar de la representación de ciertas estructuras, las historias aquí referidas parecen sobreponerse a cualquier contexto. No es la realidad lo que interesa, sino su experiencia, sus consecuencias vitales y emocionales. Los problemas de fondo siguen ahí, evidentes a la vista de todos. Ser joven y estar jodido, no tener de otra frente al mundo. Su dimensión política es más que clara. Pero como la buena literatura suele ser muchas cosas al mismo tiempo, los cuentos se sostienen por sí mismos y tienden hacia la complejización de la experiencia, a exponer sus matices y contradicciones.   

Me gusta la imagen del francotirador enunciada por Gamboa en Contarlo todo, esa novela delirante y sentimental sobre la juventud, la vulnerabilidad y la escritura. Un autor joven, desconocido, irrumpiendo de forma sorpresiva y contundente en la aburrida escena nacional, sin que nadie lo note, sin que nadie supiera incluso de su existencia, porque el joven autor ha pasado de largo, ignorado el figureo y las intrigas, y se ha dedicado a lo que realmente importa: escribir, tejer la frase, dar forma a la obra, al texto literario. De más está decir lo mucho que he disfrutado estos relatos, su registro sentimental y fresco, su testimonio político y a la vez sensible. Pero quizás, lo que más me ha entusiasmado es la manera un poco sorpresiva con la que ha irrumpido esta obra. No por la novedad o la provocación del acto, sino por la dificultad de publicar y hacer cultura bajo circunstancias tan adversas y obvias que el descubrimiento de una obra como la de Ernesto me parece motivo suficiente de celebración.

Pueden leer Muñón, uno de los cuentos incluídos en esta colección y publicado en la edición 14 de esta revista.